Con motivo de las próximas elecciones al Parlamento Europeo no podían faltar las encuestas que pulsan la intención de voto de los ciudadanos, y a las que los medios de comunicación les conceden considerables espacios para información de lectores y oyentes. A veces, dependiendo los resultados que publican, eso sí, de las tendencias que tengan los propios medios. Aunque ya sabemos que todos o casi todos pretenden aparecer como imparciales en este asunto como en otros temas informativos.
Entre dichas encuestas está la del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), que, en vísperas de las puntuales fechas de unas elecciones, como esta del 7-J, siempre nos pone al tanto de por dónde van los tiros -léase voluntad de voto- que luego se dispararán de las urnas con los nombres de los elegidos para representarnos en Bruselas. Y los del CIS han captado un empate técnico o una diferencia casi imperceptible en los votos que van a conseguir PP y PSOE; las dos formaciones políticas que cuentan con el mayor número de simpatizantes en España.
Tal empate -¿por qué íbamos a dudar de la fiabilidad de los del CIS?- produce, cuanto menos, perplejidad. Y, si me apuran un poco, algo de estupor también, al constatar en el propio resultado que nuestros políticos, con la que está cayendo, gozan de iguales márgenes de confianza (?) por parte del electorado que va a ejercer su derecho al voto.
Habría que hacer algunos análisis para determinar de dónde procede ese equilibrio de fuerzas de nuestros dos grandes partidos (independientemente del porcentaje de votantes que no acudan ese día a los colegios electorales). Pero incluso haciendo análisis, no nos saldrían muy claras las cuentas si pensamos que uno de los partidos es el que está en el Poder y el otro en la oposición. ¿Cómo puede ser que los errores que están cometiendo nuestros gobernantes repercutan también en los representantes del PP?
Y los errores son de una naturaleza tan deprimente que, de producirse en la misma cantidad y magnitud en cualquier otro país de la UE, habrían dado ya al traste con el correspondiente Gobierno. Pues hay temas como el paro, que dobla a la media europea; la Justicia, desbordada por la cantidad de expedientes que esperan turno; la violencia doméstica; la inseguridad ciudadana, con el asentamiento entre nosotros de las mafias extranjeras; el desigual trato concedido a las Comunidades Autónomas, dependiendo del color del partido que las gobierne; el inconstitucional proceder con la enseñanza de la legua común en algunas de esas autonomías, para desesperación de la mayoría de los padres; la misma enseñanza, con esos niveles de preocupante falta de preparación que muestran los alumnos cuando acaban los cursos; etcétera; etcétera.
Todo, además, tratándose de ocultar sagazmente con alguna que otra cortina de humo de esas que Zapatero se saca de la manga cuando le conviene a los intereses de su partido. Como fue el caso de la Memoria Histórica y, en esta ocasión, de la Ley del aborto, que tan enconados debates viene suscitando en un pueblo cuya inmensa mayoría no sale de su asombro a causa de los desaciertos gubernamentales que se producen un día sí y otro también.
Decía antes que, según las encuestas, la intención de voto se la reparten más o menos a partes iguales el PP y el PSOE; una igualdad por la que podríamos concluir que las desventuras del Gobierno las pagan no solamente los miembros del Ejecutivo, sino que también salpican a los del PP. Ocurre como si los ciudadanos les pasaran factura igualmente a los de esta formación por los continuos traspiés gubernamentales. Traspiés que, en la actualidad, muy bien podríamos calificar -ella solita se lo está ganando a pulso- de bibianadas.
Desde luego, el PP no está en el Poder y los errores de Zapatero y de los suyos no tienen por qué pagarlos los de la calle de Génova. Pero las salpicaduras de la impopularidad, hasta permanecer igualados en intención de voto con el PSOE, les están bien empleadas por la escasa labor -hay comentaristas a quienes les parece nula esa labor- de oposición que vienen ejerciendo en beneficio de sus contrincantes políticos, que tienen que estar frotándose las manos por ello, y en perjuicio del parlamentarismo español y de los mismos españoles.
Esto no es exagerar. Pues observamos la cantidad de desmanes políticos que afloran por ahí sin que Rajoy y demás representantes de su grupo salgan a la palestra de los diferentes foros, como es el deber de todos ellos, denunciando con energía todo aquello que es susceptible de crítica por ir en contra de los intereses de los ciudadanos y de la buena imagen de España.
Así pues, en vista de los errores y fracasos de los unos y la incapacidad de los otros para hacerles rectificar, no nos podemos extrañar de que las encuestas, sobre todo la del CIS, los equiparen ahora como a nulos representantes de un pueblo que no tiene más remedio que elegir a algunos de ellos para que lo representen en Europa. Eso, contando con que las mismas encuestas -manipulaciones peores se ven por ahí- no estén amañadas y oculten intenciones de voto que vengan a castigar a cada formación política de acuerdo con la naturaleza y el alcance de las faltas que, en el seno de cada una de ellas, se vienen cometiendo.