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FERNANDO COLLADO El Jackson que conocí en los 80
Cuando explotó Michael Jackson a principios de la década de 1980, el que esto escribe andaba ’colgado’ del rock duro de Judas Priest o AC/DC. Después vinieron Metállica y, entre unos y otros, mucho UFO, Scorpions o Van Halen con su mítica ’Unchained’. En los 70, bastante antes de doctorarme como locutor de hard rock en Bilbao, hacíamos himnos con el ’Smoke on the wather’ de Deep Purple o el preciosismo guitarrero de Steve Hunter, el magnífico solista de Lou Reed.
En una casa vieja de Colio, en Liébana, me recuerdo con un ’casette’, en tardes de verano, con la oreja acoplada a ’Angie’ de los Rolling, a cualquiera de los míticos cortes del primer álbum de The Police o a la ’Escalera al cielo’ de Led Zeppelin. Por no hablar de Janis Joplin o Jimmy Hendrix, iconos imborrables pese a su fallecimiento. Años después me enteré de que el guitarrista satánico de Ozzy Osbourne, el rubio melenudo Randy Rhoads, había perdido la vida al estrellarse la avioneta que ocupaba contra el autobús del propio grupo en un desgraciado y estúpido accidente. Randy habría llegado a ser uno de los más grandes del arte de las seis cuerdas. En el rock la gente tiene la mala costumbre de fenecer prematuramente, y por eso se echa tanto de menos a Fredy Mercuri o a Bon Scott, entre otros. A Lenon se lo llevó un loco y Kurt Cobain se quitó de en medio, casi como Bob Marley. Larga vida en el recuerdo por las muescas que dejaron en la música.
Eran años de discotecas duras y blandas. Las últimas, para niñatos, así que cuanto más cuero, mejor. Me pirriaba por escuchar un solo de guitarra de Michael Schenker o Eddie Van Halen, asistir al duelo de los dos solistas de Judas Priest, Glen Tipton y Keke Downing; u oír el silbido de las cuerdas cuando las acariciaba Matias Jabs, ’lead guitar’ de los alemanes Scorpions.
En esto andaba cuando llegó el negro Jackson en 1982 con su ’Thriller’, antes conocido por sus andanzas ya en solitario tras haber formado grupo con cuatro de sus hermanos varones: los Jackson Five. Para los ’metaleros’ el sonido del pop es a la música lo que un coche de paseo a los circuitos de Fórmula 1. Pero el tío negro que después se quiso poner blanco -una metamorfosis que nunca entendí- me cautivó en aquel ’Thriller’ hasta el punto de hacer apología de su música y su baile, lo que en los ambientes ’heavilongos’ es quedar prácticamente como un moñas. Asumí el riesgo y convencí a algunos.
La muerte de Michael Jackson, como en su día la de Elvis Presley, es un mal rollo para la música. Tratar de explicárselo a chicas y chicos de 20 años que no vivieron el momento es tan baladí para ellos como darles la chapa con el Medievo. Y no procuro ’rayar’ a nadie. Sólo explicar que tipos como Jackson han hecho grande la música del siglo pasado y la de éste, y que, como todo tiene un origen, es posible que algunos de los ritmos que se escuchan ahora o decenas de pasos de baile que enseñan las academias provengan de ese chico de Indiana, un gran bailarín negro, además de cantante, que sigo sin entender por qué se empeñó en pretender ser blanco. Si algún día Denzel Washington trata de hacer algo parecido, dejo de ver sus películas. La música de Michael no la abandonaré jamás, como tampoco el ritmo infernal de sus tobillos de chicle.
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