|

JESÚS PINDADO Riesgo del mal entendimiento del papel tecnológico en la enseñanza
Por la televisión vemos las dificultades económico-prespuestarias que también atraviesan las universidades españolas, especialmente los dos grandes campus madrileños. Es para congratularse que en Cantabria no sea esto así de espinoso. Pese a que el canto repetitivo del rector Gutiérrez Solana (de quien vamos a tratar más adelante) parece unirse a la presentación de infinita felicidad que no se corresponde tanto una realidad ideal. El ideal no es la realidad, ya es sabido. Como tampoco nos explica la sociedad de conocimiento y sus énfasis en nuestra región (otros han subrayado biomedicina cara al futuro), algo a lo que de forma tópica alude siempre, eso sí, sería bueno tener detalles. Hoy queremos abordar algo que por estarse implementando en los centros universitarios tiene interés aunque sea ya un viejo asunto: La relación de la tecnología con la enseñanza/aprendizaje presencial. Su complementariedad y prelaciones, que incomprensiblemente se perciben por supuestos especialistas de manera equivocada, aunque por años vienen haciéndose bien en la UNED, pionera en este asunto.
A nadie que pretenda ser razonablemente riguroso (no anticuadamente determinista y dogmático sin percatarse de ello) se le ocurre subestimar la creciente importancia de la utilización de tecnologías y “plataformas” en la comunicación y la enseñanza. Pero menos privilegiarlas de forma aislada, parcial, interesada y torpe. Ocurre mucho, no obstante, y a ello quiero expresamente referirme, recordando en primer lugar, por tanto, cómo son cierta dudosa “antigualla” los previsibles resultados determinísticos (a tono con la época de cierta predominante teoría conductista...) frente a la falta de certeza que implica más compleja visión probabilística y que no garantiza certeza para la previsión de resultados. No debía ser obligado recordar que pensar no es reiterar obsesiones, pero menos verlo como si el pensamiento humano fuesen sistemas dígitos y binarios sino “dialogar con la incertidumbre” al decir de Morin. Con relación al trabajo pedagógico así lo ha sabido puntualizar -muy bien, por cierto- Jaume Sarramona (Barcelona, 2008).
Como es evidente, en la estructurada educación formal que cuenta con aulas, éstas son más importantes que en la informal, en donde no suelen existir. A principios de los años 70, Cloutier (1973) mencionaba las posibilidades individualizadas los “self media” con materiales de tipo informático y transmisión de Internet o móvil junto a los masivos a través de TV, videoconferencias y conexiones colectivas informáticas. Ambas modalidades se combinan, pero no aisladas del buen trabajo presencial que jamás debe ignorarse y menos si obedeciese a un pésimo planteamiento mezquino de la optimización como advierte el teórico al que seguimos por su probado conocimiento e inclusión de la valoración deontológica y de compromiso.
No parece tan lógico a estas alturas pasarse de optimismo “integrado”, pero tampoco estimar que por la interacción, la herramienta tecnológica, por sofisticada que sea, pudiese retomar el papel de de minoritarios apocalípticos siguiendo la conocida distinción de Eco. Otra cosa son los ”paquetes autoformativos de máquina”, que no deben confundirse. La utilización de redes e instrumentos constitutivos de soportes -o canal- no impide sino que exige que en la educación sea necesario (imprescindible) adecuar bien los contenidos y respetar, ante todo, la figura del educador (base de la calidad) como la fuente de la comunicación. Y no solo el aislado extremo celo de preocuparse de evaluar habilidades transmisoras sino de valorar la eficacia de los mensajes que en ocasiones parecen muy lamentablemente subestimarse o apartar su importancia e intencionalidad y dimensión moral en favor de la usabilidad o los meros registros externos o de pantalla.
Soy modesto pero frecuente usuario de ITunes U, ese modo gratuitamente valioso de a través de una de las más avanzadas tecnologías mediante el aparato que hace fundamentalmente de teléfono y algo más alcanzar la posibilidad de acceso a buenas universidades. Por ejemplo Cornell, una de las que más sintonizo o “frecuento” para escuchar atentamente a los valiosos “speakers” que aleccionan a distancia desde ese campus que hace años tuve la satisfacción de visitar. Una especie de milagro, la verdad. La rigidez de quien se ciña tan solo a evaluar la “habilidad codificadora” para que lleguen a tiempo (¿cuánto es concretamente “lo antes posible”?) los mensajes al destinatario me hace pensar en lo que recientemente he escuchado a un buen profesor especializado en tecnología aplicada a la educación cuando señalaba cómo el trabajo en aulas, biblioteca, trato directo, etc. no es sustituible o reemplazable. Otra cosa es que por definición solo haya de impartirse a distancia para cuyo propósito lo ideal es que no fracasen quienes imparten informática y aplicaciones en cuanto a la demanda.
Se puede considerar la educación como organización social sin despreciar la otra perspectiva como proceso sistémico. Ver el concepto de “participación” en el segundo caso como algo cuantitativo, y considerarlo como separable de la eficacia del trabajo presencial o tan solo vigilando registros de flujo o sin dar apoyo ante la mera activación tecnológica es alicorto empeño perjudicial para los receptores. Sin negar, obviamente, que las concretas técnicas de de comunicación no pueden separarse del dominio de los contenidos, pero lo primero es más ineludible exigencia, como matiza el mencionado Sarramona, cuando se trata de campus virtuales que superan los condicionamientos espaciales y cuyos procesos de enseñanza-aprendizaje acontecen en contextos no presenciales. Añade que el “clima de confianza” o su falta es determinante para el emisor educador en relación a las expectativas sobre resultados previniendo contra el riesgo de caer negativamente en el “efecto Pygmalión” según demostraron Rosenthal y Jacobson (1980), es decir en la “profecía autocumplida” de conseguir lo que se espera. Pero bastante peor, en todo caso, si solamente se quiere ver lo que no se mira aunque se tenga delante de los ojos. Con la etimología de “educare” o la de “educere” (alimentar o sacar lo mejor de dentro), la educación es más que intentar medir el ritmo cuantitativo del responsable emisor y más, por supuesto, que la comunicación bidireccional e interactiva. Lo menos despreciable es la motivación cuya pérdida puede dañar en detrimento de la enfatizada sociedad del conocimiento la abusiva carga sobre el proceso del diálogo educativo.
|