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Santander 21 de febrero de 2017 | invierno

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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 28 de diciembre de 2016 :::

 Por Fernando Collado

Llamando a las puertas del cielo

Frente al langostino, la botella de cava y la gula del norte nadie se engaña. Ante la sopa de pescado, la pierna de cordero y la merluza dos salsas no hay quien sobreviva asido a la patraña. Arrostre el mazapán, el turrón y la copichuela correspondiente como pueda: la cena de Nochevieja le hará un ‘crash’ en el estómago, una lazada en el esófago y un nudo marinero en las tripas si usted ha sido lobo con sus congéneres. No tema el discurso del Rey ni el de su presidente: sólo témase a sí mismo, que su sombra lo hará también, a la recíproca.

No rece ni implore. No prometa ni filosofe con que la verdad al sentido divino está sujeta: usted ya ha sido juzgado en la tierra por sus semejantes (a los que, por cierto, nunca consideró como tales). No llame a las puertas del cielo: da igual si lo hace como Bob Dylan, Guns N’ Roses o Avril Lavigne. El paraíso que cree conquistado en su verde prado le ha sido vedado y vetado más allá de lo que alcanzan sus bizcos ojos, tan extraviados de tanto mirarse a sí mismo como vizconde de nadie sabe dónde.

Usted, pequeño Lucifer Morningstar, extrajo cuantas vísceras anheló con esas largas uñas como cuchillos, trizó esperanzas y amorató faces al alba. Créame si le digo que no hay vianda sobre la mesa (ni el pan ni el vino ni el cordero lechal) que pueda redimir sus fechorías, atajar sus tropelías, blanquear sus felonías. No hay ganzúa en el llavero de San Pedro que le permita reposar su grasienta barriga o recostar esas orejas diabólicas, puntiagudas como estrellas ninja. Seguirá despierto, siglo a siglo, en el insomnio negro de los injustos, con un póker de grapas en sus pestañas como si fuera una ‘naranja mecánica’ celestial para que observe bien y para siempre cuánto mal obraron sus zarpas.

Ante la noche del 31 no la haga, no la tema. No servirán las plegarias postreras ni restará pena el arrepentimiento espontáneo por unas horas. Tampoco habrá atenuantes familiares: el fiscal de la vida ya le ha cogido la matrícula, hace tiempo que sabe de sus ínfulas. Usted, puesto hasta el trasero de angulas, ya no tiene bula. Esto iba de otra cosa: sólo había que ser persona sin ponerle a nadie la suela en el pecho.


::: PANORÁMICA :::

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