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Santander 11 de noviembre de 2017 | otoño

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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 21 de marzo de 2017 :::

 Por Lara de Tucci

La unión (?) de los disonantes

El refrán español “La unión hace la fuerza” poco les dice a quienes se unen para desunir -valga la paradoja-; entre los cuales hay políticos de dentro y de fuera de nuestras fronteras. Políticos que claman por la disolución de todo; políticos que, en sus años escolares, aprendieron a restar y no a sumar. Y en estos tales incluyo muy especial y concretamente a Pablo Iglesias y a los de su grupo pero también a Pedro Sánchez. Lo lamentable es que ambos siempre cuentan con simpatizantes que les aplauden sus trayectorias en ese sentido de desfigurar determinadas operaciones por medio de las restas. Pero en este artículo no podemos hablar únicamente de los disonantes españoles, que también hay que referirse a otros personajes que no son de aquí y que están empeñados en los mismos conceptos divisorios que los citados representantes de Podemos y PSOE.

“No podemos hablar de la Unión Europea como de una crónica de éxitos, sino de fracasos” ha expresado Pablo Iglesias los pasados días; como queriendo erigirse en líder de otros políticos europeos afines a su postura: casos de la francesa Marine Le Pen; la alemana Frauke Petry; el holandés Geert Wilders, y, no podía faltar el británico Nigel Farage. Los cuales, representantes de facciones disuasorias como “nuestro” Pablo, se han pronunciado, también en los pasados días, a favor de una descomposición de Europa; que ya la notan en esa fase de descomposición putrefacta antes de que haya muerto realmente, tal y conforme ellos desean que esté la institución del Viejo Continente.

La antes citada alemana también proclamó estúpidamente que “la disolución de la eurozona suavizaría tensiones”. Pero esta señora se queda ahí y no ahonda en el meollo de la cuestión; pues si reflexionara con cordura y sensatez, caería en la cuenta de que las tensiones europeas las están provocando los populismos, los nacionalismos separatistas y los fanatismos como el que representa Le Pen en Francia. Todos, como posicionándose a la cabeza de una carrera de regreso a aquellas dependencias que tenían en época de los romanos las oppidulums; es decir a unas fragmentaciones sociales que no llegarían a ninguna parte hoy en día. Pues si no hay cohesión alguna entre los pueblos civilizados, ¿qué es lo práctico que cada comunidad puede alcanzar en los tiempos de la globalización? ¡Nada en absoluto! Nada bueno puede conseguir sociedad alguna -ya lo he escrito en alguna ocasión aquí- con sus miembros enfrentados entre sí.

Por otra parte, según mi particular opinión, que creo acertada, el éxito de la UE, su idealización como pueblo unido a medio y largo plazo, está asegurado no obstante esas zancadillas de populistas y extremistas. A los cuales -vaya usted a saber el porqué- todo cuanto se intenta habilitar comúnmente entre los pueblos con el marchamo de unidad, les parece contraproducente. Y, por lo mismo, apuestan sin miramientos por la desestabilización de aquellos compromisos que las naciones de Europa asumieron con el Tratado de Maastricht; compromisos que, en verdad, sirvieron para que las sociedades de este continente miraran hacia el porvenir con una apuesta conjunta de entendimiento unísono, favorecedor de la estabilidad social de sus gentes.

A veces, por esto de los populismos y nacionalismos europeos, piensa uno que quizá la Europa de hoy salga fortalecida para reforzar la unidad. Toda vez que en las adversidades es donde más nos comprometemos -también políticamente hablando- para rearmarnos moralmente y sin bajar la guardia para que quienes provocan las adversidades se den de bruces contra las fórmulas de unidad que ahora tratan de combatir con demagogia, al estilo de demócratas bananeros.

La Europa unida tendrá éxito. Europa, como pueblo común de muchas naciones saldrá adelante. Pero… tendremos que trabajar ese éxito con denuedo y por décadas tal vez; ya que si no son los populismos y los nacionalismos retrógrados, como el que representa el antes aludido británico Nigel Farage. Si no son esas filosofías oportunistas sin sentido, digo; serán otras ideologías las que traten de arruinar lo que comenzó en el Tratado de Roma en 1956. Con denuedo y por décadas repito. Y es que cuando se redactaba la Constitución Europea no se admitió el consejo del ya Santo, Juan Pablo II; que luchó con fidelidad evangélica -no lo consiguió al fin- para que en dicha Constitución se tuvieran en cuenta las seculares raíces cristianas de nuestros pueblos, que eso sí que ocasiona unidad.


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