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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 29 de junio de 2017 :::

 Por Lara de Tucci

La dispersión del voto

El pasado mes de mayo el cardenal Barbarin, arzobispo de Lyon, hacía unas declaraciones que recogería después una revista de nuestro país; en ellas expresó, entre otras cosas, que “algo en la democracia se ha vuelto loco”. Naturalmente, la expresión fue a consecuencia de las elecciones que por aquellas fechas tuvieron lugar en Francia, su país; donde Macron le ganó los comicios a Le Pen. Pero en sentido más amplio, sus palabras podrían ser tomadas como interpretación de un fenómeno que recorre toda la UE. Pues el citado purpurado matizó con énfasis que “la democracia es un sistema bueno y sano, pero cuando se vuelve loca puede convertirse en sí misma en algo peligroso”.

El arzobispo de Lyon expresaba asimismo su preocupación por la dispersión del voto. Tema que estamos experimentando en España desde hace dos años y que, cuando se ha alcanzado el ecuador de las últimas elecciones municipales y autonómicas, lo comprobamos con mayor amplitud, dado el inusual cambio de mandatarios que en muchos lugares se ha producido por estas fechas en virtud de aquellos pactos, generalmente entre grupos de izquierdas, que en su día se formaron para impedir que los populares gobernaran con formaciones de mayorías simples.

Es verdad que esta nueva fórmula de gobernabilidad del voto disperso ha ocasionado ciertos logros a consecuencia de consensuadas políticas. Lo cual ha traído consigo que el PP haya salido perjudicado de alguna manera en intención de voto entre la población; lo que, sumado a los desacuerdos internos que los de Génova tienen a veces y a los escándalos de la corrupción, ha propiciado también no pocos debates y discusiones en la opinión pública. Y el caso es que, con ocasión de las confrontaciones habidas de la misma manera en las citadas coaliciones de izquierdas -incluso entre quienes las forman se reprochan mutuamente malas gestiones-, un amplio sector de esa misma opinión pública se postula igualmente a favor de gobernabilidades más sensatas, llevadas a término por políticos de homogéneas tendencias; entre los cuales no quepan las disensiones que se producen cuando los mandatos han surgido gracias a las nuevas fórmulas de esa dispersión del voto puesta en evidencia por el citado cardenal francés.

No faltan tampoco los analistas y observadores que, tras estar ilusionados en el año 2015 a causa de los gobiernos salidos de coaliciones, lanzan ahora voces de alarma al constatar que las ideologías enfrentadas, las radicalidades y las confrontaciones no son buenas para sacar adelante auténticas políticas sociales que beneficien a todos los ciudadanos por igual; políticas que quizá, y no tan quizá, nos hagan olvidar actuaciones públicas, que también se ha dado, en las que no se atendieron debidamente el esfuerzo y el trabajo cotidiano de los ciudadanos; esos valores tan esenciales que los políticos de cualquier signo deberían tener en cuenta para que no se frustraran tantas expectativas de bonanza económica y de desarrollo sostenido como se esperan conseguir siempre. En este sentido no sería descabellado aprovechar las actuaciones del Gobierno central; que, con adecuadas políticas de escaso éxito todavía, va reduciendo el número de desempleados; un problema de suma transcendencia que los populares heredaron cuando accedieron al Poder allá por 2011.


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