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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 22 de julio de 2017 :::

 Lara de Tucci

Fariseísmos

Lo del título de este artículo viene determinado por el eco ampliado que los medios de comunicación audiovisuales -léase cadenas de televisión- han difundido los pasados días acerca de las agresiones sexuales habidas en las fiestas de los Sanfermines; agresiones, por cierto, que vienen sucediéndose en los últimos años. Y ese eco de las comunicaciones se complementa siempre con la petición -sin otras consideraciones- de justicia para reparar el honor de las chicas ofendidas y como escarmiento para los agresores; una justicia, todo hay que decirlo, que a veces no llega o llega tarde y mal.

Dejando a un lado la violencia de género que un día sí y otro también nos enseñan los informativos sin explicación para tanto crimen. Se producen igualmente otras agresiones sexuales y atropellos así que alcanzan niveles de maldad incalificables, de los que la televisión informa puntualmente con cierto clamor para que, de la misma manera la Justicia intervenga, con el fin de erradicarlos. Tales son los casos, por ejemplo, de la prostitución en los barrios periféricos de las poblaciones y de los apartahoteles existentes a lo largo de nuestras carreteras. En ambos casos, con protagonistas que, en ocasiones, son menores de edad y actúan sometidas y esclavizadas en contra de su voluntad; bien porque fueron engañas en sus búsquedas de empleo, bien porque cayeron por desgracia en las redes de las mafias, que las utilizan como mercancía que genera cuantiosos ingresos al ser consumida por depravados clientes que se gastan parte de sus ingresos en tamañas fechorías.

Algunos de tales clientes van más lejos y, convirtiéndose en insaciables “lobos”, se trasladan a países del Tercer Mundo y allí abusan, sexualmente hablando -es el caso del turismo del sexo-, de criaturas que no han salido de la niñez, preadolescentes, adolescentes y jóvenes en general que han de someterse a sus vejaciones porque en sus lugares de origen escasean las fuentes de ingreso para sacar la familia adelante, pudiendo de esa manera infamante cubrir las necesidades más básicas.

Por otra parte, en nuestro mismo país son relativamente frecuentes los abusos sexuales que sufren criaturas de tierna edad. E, incluso, nos sobresaltan con especial dureza los infanticidios de bebés -ya son unos cuantos en lo que va de año- a manos de las “parejitas” de las mamás o a manos de sus mismos padres biológicos. Agresiones sexuales e infanticidios de los que nos enteramos principalmente por la televisión.

Sobre todos estos casos apuntados, los comentarios televisivos dejan claro, incluso por medio de tertulias, que algo está fallando en nuestra sociedad para que ciertos valores estén en decadencia, siendo suplidos por otros que sólo transmiten perdición para mucha gente. Luego, con pedir justicia desde los informativos parece ser que las cadenas salvan sus responsabilidades, ¡que las tienen! Pues, entre informativos y tertulias, entre espacios didácticos y anuncios, las mismas cadenas hacen apuestas por emitir, a cuál más, películas y series internacionales donde no se ahorran violencias exageradas, crímenes de toda naturaleza y de crudeza extrema, atropellos a la dignidad humana y encuentros sexuales sin escrúpulos y sin ninguna razón para el exhibicionismo escandaloso.

Se argumentará que esos programas son los que, mayormente, piden los públicos; pero se destaca la sensación de que el fariseísmo de los medios es lo que prevalece cuando se dan a emitir situaciones en las que los contravalores juegan un papel esencial, y, por otra parte, con otros programas, se condena todo lo que de los argumentos rodados y sus guiones se hace realidad entre las gentes y desarrollan entre los públicos las variadas circunstancias de descrédito humano y de cizaña que la sociedad de hoy enseña. Donde la mala educación no es la peor de las faltas.

Es un fenómeno televisivo y de amplio espectro en las comunicaciones que nos hace pensar detalladamente, repito, en el fariseísmo de las distintas cadenas. Pues por razones comerciales, tal vez descontroladas por el mal gusto, denuncian abiertamente lo que consideran que escandaliza; mientras, por otra parte, se lo sirven a los públicos para recreos mórbidos. Todo, cuando amplios sectores del público están formados por gentes de poco alcance intelectual y de escasa formación todavía, como ocurre entre los adolescentes. Públicos donde además hay personas de diferentes edades susceptibles de ser estimuladas en sus más bajos instintos, que construyen sus personales caracteres con malos ejemplos e influencias que terminan por impulsarlas al mal.


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