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Santander 16 de noviembre de 2018 | otoño

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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 16 de agosto de 2017 :::

 Por Lara de Tucci

El trabajo y los robots

Así como, por ejemplo, las máquinas cosechadoras y los riegos por aspersión facilitaron extraordinariamente las labores que se realizaban en los campos, pero eliminando en este sector miles de puestos de trabajo al tiempo que, por otra parte, la productividad alcanzaba continuos registros al alza en las cosechas. Así, digo, tras esta revolución industrial -que se consideraba la segunda- de las máquinas agrícolas y de las máquinas en general; otra nueva revolución, la llamada cuarta, según los expertos, se nos ha echado encima con nuevas incógnitas laborales. Pues los robots desplazarán a los operarios de sus ocupaciones y serán ellos, los aparatos, los que realizarán los trabajos que se les pidan.

Pero si con las cosechadoras, los parados fueron evolucionando lentamente durante décadas hasta el punto de ocuparse de nuevo por medio de la fabricación y el dominio de la maquinaria; en esta nueva revolución, la de la robótica, la generación que acaba de empezar su vida laboral tendrá que competir, en un plazo de quince o veinte años, con ingenios creados que ya no le exigirá evoluciones laborales, sino auténticas adaptaciones a la perfección que desarrollen los inventos manipulados.

Todo tiene un precio, y las innovaciones en nuevas tecnologías, por tal motivo, han fomentado en la población activa y, sobre todo, en la que espera acceder a su primer puesto de trabajo en los próximos años, una especie de sano orgullo -con esfuerzo, con dedicación, con sacrificio- con vistas a competir con los robots y que, los mismos, en vez de ser causa de constantes preocupaciones en la vida laboral, les sirvan para reforzar autoestimas y sacar así, de cada uno, de cada trabajador, lo mejor de sus conocimientos para complementar lo que los robots realicen y que la operatividad que se consiga sea la deseada por las firmas industriales que apuestan, ya a corto plazo, por la robotización en sus actividades.

De hecho, en los departamentos de recursos humanos de las empresas más solventes apuestan decididamente por servirse, en los mercados laborales, de aquellas personas más resueltas e impuestas en el desempeño de la automatización tecnológica. Sin embargo, como ya sucediera en los primeros años de la mecanización del campo y de otros trabajos manuales, en esto de la robotización el fantasma de nuevas desigualdades sociales también se cierne en el panorama laboral de la sociedad; siempre dispuesta a conservar las metas de bienestar conseguidas con tantos desvelos de toda índole.

Y si en los inventos de la robótica se notan los avances tecnológicos oportunos para que las nuevas generaciones sigan progresando en todos los niveles; también ven en ellos -así lo atestiguan ciertas encuestas realizadas en los sectores de la izquierda- acentuados motivos de desasosiego, ya que pueden motivar cuantiosos recortes en las contrataciones laborales del empresariado. Empresariado que, para los citados sectores, siempre está más pendiente de la consecución de los objetivos perseguidos en sus negocios que de compartir beneficios con el mundo del trabajo.

No obstante todo esto, los jóvenes españoles se sienten cada vez más capacitados para competir con los robots y hacerse paulatinamente con la manipulación de los mismos. Y para ello cuentan con la confianza, por supuesto, de los directivos y ejecutivos de las empresas más importantes y punteras, tecnológicamente hablando, del país. Claro que, por esto de la revolución en el trabajo que la robotización nos está imponiendo a marchas forzadas, en la clase trabajadora, como digo, se empiezan a temer desajustes sociales por aquello de la distorsión en las definiciones laborales que los jóvenes salidos de las aulas venían planteándose en los años de estudio.

Y es que con la puesta a punto casi constante de sus habilidades y capacidades en nuevas tecnologías, en el mercado laboral, en el que se insertan por lógica, pueden encontrarse con determinadas barreras -más las mujeres que los hombres-, en las que se darán de bruces para optar a puestos de trabajo en consonancia con los estudios realizados; que ya superan las clásicas titulaciones universitarias y los tienen que complementar con postgrados y másteres para acceder a mercados laborales donde se imponen las dinámicas inventivas de los robots.


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