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Santander 13 de diciembre de 2017 | otoño

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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 23 de noviembre de 2017 :::

 Por Fernando Collado

Bailando a Gardel en albarcas

Es posible que de tanto dar la vara una parte muy considerable se haya tragado la patraña. Una cosa es lo que dicen los libros de texto náufragos de contexto y otra la realidad, lo que no figura ex profeso en millones de volúmenes con incontables pretextos. Alguien dijo que le dejaran adoctrinar las escuelas que a los hombres ya los dominaba él después. Cuarenta años de desaparición de un estado en cualquier parte son muchos como para volver al día siguiente y pensar que allí no ha pasado nada. El separatismo ha sabido sacar un provecho quizá indecente, pero evidente, a una de las máximas de Napoleón: nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error.

La historia es de chicle en manos de excluyentes. Mucho más cuando han tenido la fábrica a su merced durante décadas. Un solo renglón da para múltiples globos de quienes tienen el riñón bien cubierto, mientras la chusma deberá fatigar ocho horas al día siguiente, al otro y hasta la eternidad, al margen de su creencia política. No hay Arcadia feliz ni Dinamarca del sur: existe lo razonable, lo que se consigue bajo el paraguas de la ley (incluso modificándola); y la sinrazón, el experimento que compromete el aliento.

Doscientos con mando en plaza han llevado sus varas al corazón de Europa. Lo que supone dar la vara por lo políglota. Y no, no son ilotas ni tampoco idiotas, aunque, quién sabe, quizá acaben en un sketch de Mota con el verdadero tío la vara (¡ay mai!), el que traslada sus penas al mundo en cualquier idioma menos en el que necesita para llegar a un acuerdo, aunque sea con la justicia. Malo aquel prófugo que se considere ignífugo si tiene el rabo de paja.

Puedes bailar a Gardel en albarcas en pleno Parque de Mesones, pero semejante acción nunca será un tango ni te convierte en porteño. Tratar de imponer a Europa el último tango en Bruselas a base de mantequilla, a la espalda de la España constitucional y de al menos media Cataluña, es un ejercicio de postrer sorbo con nefastas consecuencias: la muerte de un gran proyecto conjunto, el buitre voraz de Unamuno. Lamentable, pero en política la estupidez no es una desventaja.


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