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Santander 25 de mayo de 2018 | primavera

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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 17 de mayo de 2018 :::

 Por Estefanía Soto

Valderredible, mi otro sur

Mi querido Hermann Hesse decía que “cuando alguien de verdad necesita algo, lo encuentra, no es la casualidad quien lo procura, sino él mismo. Su propio deseo y su propia necesidad le conducen a ello”. Y yo a Hesse, no le llevo casi nunca la contraria, sobre todo cuando el presente no me da motivos para hacerlo. Mi presente es el Valle de Valderredible y no, yo tampoco creo en las casualidades, porque encontré, sin saberlo, lo que necesitaba en el momento justo. El Valle me trajo aquí el día que cumplía cinco años viviendo fuera de España. Yo nunca antes había estado en Valderredible, pero, al parecer, ya estábamos predestinados sin conocernos.

En estos cinco años nómadas, había pasado por Alemania, Italia, Bélgica y Francia, así que el factor idioma siempre estaba unido al de la distancia. Ahora el reto era volver a España sin sentirme extranjera: otra aventura comenzaba y yo llevaba conmigo una mochila de manías europeas que había ido coleccionando a lo largo de estos años.

En el fondo, siempre he creído que, aunque nos vayamos de los lugares donde hemos vivido, queda un rastro eterno de nosotros en ellos y algo de ellos en nosotros. Somos un puzzle de esas experiencias que no son sólo recuerdos, es nuestra esencia.

Y eso lo estoy viviendo en el Valle prácticamente cada día. El silencio, la paz y la buena energía que inunda este lugar, han hecho que vea las cosas cotidianas de manera diferente, con mi mochila de nuevas manías, y valorando cada detalle y cada segundo, de antes y de ahora.

Si me remonto a la casilla de salida, donde empezó todo, tendría que viajar a un pequeño pueblo de cuatro mil habitantes al Sur de Alemania (ahora cambiaría esa percepción de “pequeño”, teniendo en cuenta que el pueblo donde vivo, cuenta con algo más de doscientos). Allí me tocó pasar la temporada de invierno y, por primera vez en mi vida, sentí el frío de verdad.

Yo venía de otro Sur. El de España. Sevilla, donde la nieve sólo se ve en postales y películas, e idealizada. Pero el mito se me cayó, tras ese duro invierno. Todo se cubrió de blanco y a mí me cogió por sorpresa con un abrigo de entretiempo, y unos zapatos que siempre estaban mojados. El blanco dejaba una preciosa estampa y lo cubría todo de nieve. Me parecía curioso, pero en cuanto caían los primeros copos, se desplegaba un dispositivo perfectamente organizado.

Los alemanes nunca dejaban nada a la improvisación: los aviones seguían saliendo a la hora prevista, las máquinas quitanieves pasaban a cada momento, y había una perfecta sincronización entre todos los sectores servicios del pueblo.
Me sorprendía esa eficacia, pero también me hacía replantearme si quería que todo fuera así; al final esa improvisación que no existía era la que más echaba en falta. La perfección no daba lugar a la imaginación, y me resultaba aburrida esa rutina sin margen de error.

Justo hoy estrenamos mes de diciembre y me he acordado de esos días en Alemania. Es mi primer invierno en el Valle y, aunque ya me habían avisado de lo duro que iba a ser y ya había pasado por la experiencia alemana, también me ha vuelto a pillar por sorpresa.

Me he levantado como si fuera la mañana de Reyes y me he asomado a la ventana. He dejado el vaho en los cristales y me he quedado un rato pensando, mientras dibujaba círculos con el dedo. Me gusta la nieve, aunque llegue sin avisar. Las cosas más sencillas de la vida te traen los mejores recuerdos. Y claro, también quería compartirlo en las redes. Pero cuando he ido a coger el móvil, no tenía internet, y me he dado cuenta de que estaba sin servicio. Ha sido curioso porque mientras preparaba el café, se ha ido la luz de repente. Y la calefacción ha dejado de funcionar. Me he reído y he improvisado. He sacado los cajones del congelador a la terraza y he mantenido la comida con la nieve que había fuera, hasta que la electricidad ha querido volver. Me he ido a la ventana con el café que había dejado medio hecho, y he sentido el inmenso placer de ver cómo la nieve se acumulaba fuera.

En Florencia viví casi un año que incluía otoño, invierno y primavera. El casi, es el verano, que se quedó esperando para una próxima vez. Yo la llamaba “el museo abierto”, una ciudad espectacular, donde más de uno habrá descubierto ser un descendiente de Stendhal. Pero esa infinita belleza renacentista era directamente proporcional al número de turistas que la visitaban. Vivía con la esperanza de que, en algún momento, colgaran el cartel de overbooking en el centro de la ciudad. Y es que en Florencia cualquier día del año resultaba imposible ir en bicicleta al trabajo; cansada de sortear a turistas de todas las nacionalidades, terminaba por pasear la bicicleta a pie. Me fui con la sensación de no haber disfrutado de la ciudad en solitario, sin murmullos y sin tiempos. Por muchos veranos pendientes que nos queden por pasar.

En el Valle disfruto de una paz que no creo haber sentido antes. Aquí he ejercido de turista sin reloj, sin horarios y sin ruidos. Incluso sin mapa.
El primer domingo de octubre lo dediqué a conocer la zona y descubrir los lugares del Valle por primera vez. Recuerdo la luz del sol de media tarde, porque brillaba con fuerza y dejaba una estampa otoñal preciosa. Los colores de esta temporada del año se funden con la naturaleza valluca, y todo parece ponerse de acuerdo para protagonizar las mejores puestas de sol del mundo.

Aquí, un árbol conocido como el “Rebollejo”, es el abuelo de la zona, que, además, está custodiado por unas vacas tudancas típicas de Cantabria. Fauna y flora participan en este decorado, donde son, sin duda, las protagonistas de las mejores anécdotas de mi día a día en el Valle.
Los caminos con el coche se recorren a poca velocidad, no sólo por cuestión de seguridad, también por los “atascos” que puedas encontrarte. Y éstos no son otros que familias de caballos que buscan un hueco para volver al terreno del que vinieron. Es curioso, pero hay días en los que me he encontrado a más animales que personas por el camino; todo un lujo para los amantes del tándem silencio-naturaleza.

Así que, aprovechando el recorrido, y antes de que anocheciera, subí hasta otro de los rincones más impresionantes del Valle: el Pozo de los Lobos. Un lugar encantado y con encanto, que me dejó sin aliento desde el primer momento.
Me transmitía paz, pero a la vez, desasosiego. Un tira y afloja de sentimientos que se encuentran ahí arriba.

Sabía que el Pozo se creó como trampa para cazar a los lobos de la zona, pero no sabía que iba a impresionarme de esa manera. Se sentía la muerte deambular. Me quedé un rato en silencio, cerré los ojos y disfruté de cada segundo.
Sólo se oía el viento que cada vez soplaba con más fuerza; en algún momento me pareció oír algo más que el disfraz del viento aullando, pero seguía en paz. Quise subir un poco más arriba, y casi no se veía el fin de la tierra. El Valle está a nuestros pies y, es un lugar tan mágico que las fotos no son capaces de describir, ni de lejos, lo que tenemos delante.

Pero vale más vivir ese instante, que capturarlo en menor calidad. Desde allí arriba, puse rumbo a la tierra con energía, dispuesta a comerme el mundo por cualquier parte. Así que, ya de noche, decidí llegar a las estrellas que ponen luz en el Valle: continué el camino por Rocamundo dejando a la derecha la entrada al Molino Tejada, un lugar que esconde precisamente eso, otro mundo, un mundo donde se vive el silencio. Mi destino era el Observatorio Astronómico de La Lora, un lugar desde donde el cielo parece estar más cerca y que también se puede tocar.

En Bruselas viví cuatro años imborrables. Quizás los más decisivos. Me caí y me levanté mil veces, siendo siempre el teatro, mi vía de escape. Mi otro yo, que también tenía nombre y apellidos, pero eran otros. Recuerdo a menudo, los domingos de ensayos previos a la representación. Solían ser por las mañanas, y siempre llegaba tarde. Salía de casa con el pelo mojado en cualquier estación del año, y corría hasta coger el primer tranvía que llegaba con retraso. Él y yo. Repasaba el papel mientras esperaba. Lo sacaba del bolso cuando no recordaba una frase, y siempre me bajaba rápidamente en la parada de Louise para coger el siguiente tranvía. Atasco en Botanique. El 92 siempre iba vacío y si cogía un sitio para sentarme, evitaba marearme mientras leía las réplicas. Llegaba sin aliento, despeinada, pero con la motivación intacta.

Es curioso. Me estaba acordando de estos domingos, porque esta tarde tengo mi primera clase de teatro en el Valle. Pero ahora estoy al otro lado. Mi próximo reto será dirigir un taller teatral para adultos. Aún no conozco a mucha gente, pero algunos de los que ya he conocido se han apuntado a las clases, y eso me hace sentir en confianza. Aunque de momento sólo hayamos compartido una conversación rápida, o un saludo por alguna calle del pueblo, es más que suficiente para sentirme cómoda entre caras nuevas. Y he vuelto a sonreír cuando he salido de casa; llevaba el pelo mojado, porque la paciencia en las cosas cotidianas no termino de dominarla. Pero esta vez no llegaba con prisas de domingo, ni tranvías, ni atascos. Me he tomado con calma los cinco minutos de paseo, y el sol ha terminado de secar mi pelo.

Por el camino me he encontrado, como todos los días, a Federico, Horse Luis y Platero, y me he parado a observarlos bajo su atenta mirada, mientras seguían comiendo pasto. Al fondo del paisaje, se dibuja la Peña Camesía que actúa a modo de faro en el Valle y que ya ha mudado de color tras la primera nevada.

Yo he llegado con tiempo suficiente como para escribir unas líneas en mi libreta antes de empezar la clase. Siempre la llevo conmigo porque me gusta inmortalizar con letras el presente, para cuando sea pasado. Son manías que no me importa tener, porque a veces me gusta recordar con detalle, cerrar los ojos y volver a ese momento sin moverme del sitio. Y voilà! Leyendo el pasado, he vuelto a la primera vez que escribí estando en Valderredible. Yo venía de pasar mi última etapa en Francia, y me había acostumbrado a separar las parcelas de la vida con vallas electrificadas.

El francés del Este me pareció ser muy discreto en su vida personal, y algo frío en el trato. Ahora que lo veo como pasado, quizás yo me había vuelto un poco así. Al panadero le resultaba difícil sonreír para darte los buenos días, el conductor de autobús siempre se mostraba estresado, y nosotros, los ciudadanos, molestos por el retraso de las obras en una rotonda, que parecían no terminar nunca. Cada uno llevaba su vida de la manera que podía, pero yo echaba en falta una simple sonrisa cómplice, o un gesto amable, aunque fuera de procedencia desconocida.

Los últimos días en Francia fueron cruciales para determinar donde sería la próxima parada, y, como por arte del destino y tras algunas vueltas de campana, llegué al Valle de Valderredible. Fue el pueblo de Ruerrero el que me acogió los primeros días con los brazos abiertos. Al llegar, vi flores rojas que se asomaban a los balcones de una casa, y me recordó a Andalucía. Es otro Sur, el Sur del Norte, pero me siento como en casa. Huele a tierra mojada, se oyen los cencerros de las vacas que se mueven a pasos lentos, se ve la naturaleza verde que acompaña en los bordes al Ebro, se comen las mejores patatas del mundo, y se toca un patrimonio románico, que quita todos los sentidos.

Por las tardes, los niños juegan en la calle, y sólo sus voces diminutas y el balón, rompen el silencio habitual. La pelota la dejan durante las noches, en stand by, en el porche de la casa de “la americana”; tiempo que, junto al horario escolar, queda liberada de sus patadas. Es verdad, echaba de menos esas risas de inocencia y ese ajetreo de juegos y batallas. Y la sensación de que el día se les queda corto. Los niños aquí, juegan. Y los mayores. Porque esta mañana en cuanto ha comenzado a nevar, hemos salido y hemos hecho bolas de nieve que nos han servido de armas para llevarnos todo el día riendo.

En medio de la lucha, nos ha sorprendido (en pijama), un vecino que nos ha dado los buenos días entre una enorme sonrisa de complicidad. Era la primera vez que lo veía, pero sus buenos días han sonado sinceros en su boca. Como siempre que me encuentro a alguien en sentido contrario por alguna calle de Polientes. Sus buenas tardes, me saben siempre a un “bienvenida”. Me suenan familiares, aunque aún no les conozca. Echaba en falta esa distancia corta que suele ser tan grande en el extranjero. Me gusta pensar que esos gestos de amabilidad que vienen de desconocidos, con el tiempo, no lo serán. Al fin y al cabo, la grandeza de lo que nos rodea está en los pequeños detalles. Y esos detalles se quedan cortos para abarcar todo lo que esta tierra puede darnos. El saber aprovecharlo sólo depende de nosotros mismos. Y en el Valle, la vida va de eso.

Estefanía Soto, periodista.


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