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Santander 16 de noviembre de 2018 | otoño

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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 19 de junio de 2018 :::

 Por Lara de Tucci

La Reina Isabel

Cuando llega el verano y el turismo se convierte en un perfil de gran calado en las sociedades de hoy, con multitud de gentes moviéndose de un lugar para otro en busca de sensaciones lúdicas, que a veces son necesarias incluso para la formación humana en todos los órdenes de la vida; cuando las nuevas generaciones practican el turismo a menudo por considerarlo así de beneficioso, no está de más -yo ya lo vengo publicando cada año en este FARO con motivo de FITUR- recordar que Cantabria, con las muchas y variadas atracciones que acumula -sería prolijo citar siquiera algunas de ellas-, es una región ideal para cualquier tipo de experiencias turísticas, y así lo manifiestan la cantidad de visitantes que aquí acuden, aumentando el número sin cesar.

Pero hoy quiero hablarles a los lectores de cierto turismo histórico: el que, según algunas agencias especializadas, va en aumento gracias a la figura que lo propicia con su carga de interesantes referencias dignas de comentarios y estudios. Y que no es otra que la de Isabel la Católica. Ahí tenemos el atractivo que por ella despiertan cada vez más, por ejemplo, Madrigal de las Altas Torres, lugar de su nacimiento (1451); Medina del Campo, donde murió (1504); Arévalo, donde residió en varias ocasiones; Ávila, con el monasterio de Santo Tomás, lugar donde se encuentra la residencia de verano que ella compartía con su esposo, Fernando V, y con sus hijos, y, por último, la Capilla Real de la Catedral de Granada, donde está enterrada junto al Rey Católico y su hija Juana la Loca y Felipe El Hermoso.

Tratar de la existencia de Isabel la Católica, es hablar de una personalidad histórica cuyas dotes políticas, humanas, sociales y religiosas, difícilmente podrán concurrir en nadie dedicado a labores de Estado. Aunque, desde luego, ella siempre ha contado, desde que empezó a reinar y hasta nuestros días con gentes hostiles a su labor como dignataria y como figura de mujer religiosa. Pues los demoledores de los valores esenciales de nuestra Patria se cuentan por cientos, incluso entre los españoles; demoledores también estos últimos por sus conductas antipatrióticas y antirreligiosas. Y resulta que estos últimos son, en este tema como en otros, más fanáticos por seguir a pie juntillas las consignas de los de fuera de nuestras fronteras. En este sentido cabe hacer cierto comentario contra la serie que TVE realizó sobre la Reina; pues tiene planos y secuencias salidas del contexto histórico y personal, con detalles de zafiedad y mal gusto; llevados los guionistas, quizá, por el ánimo de captar audiencia a costa de lo que sea en estos tiempos acentuados de permisividad y tolerancia arrogantes.

Para este comentarista, como para multitud de imparciales historiadores y de investigadores que acuden al cúmulo de páginas que sobe ella guardan las bibliotecas, ningún estadista del mundo, sea de la época que sea -tal vez Alejandro Magno, tal vez…-, llegará a aproximársele a Isabel I en aptitudes para desempeñar una gigantesca labor de gobernabilidad como la que desarrolló sin descanso esta mujer desde que juró su cargo como Reina en Segovia en 1474.

Por otra parte, hay un proceso de beatificación incoado sobre Isabel la Católica desde hace muchos años. El cual se abrió, precisamente, dado el talante piadoso de la soberana; blanca y rubia; los ojos entre verdes y azules; de cara hermosa y alegre, de una alegría honesta -por referir algo de su fisonomía-. Pues incluso buscó en los momentos difíciles de su reinado la protección especial del apóstol y evangelista San Juan; por ser éste el discípulo más allegado a Jesucristo. Y tanta fue la devoción por él, que incluso a su único hijo varón le puso su nombre desoyendo las preferencias familiares y de la Corte, que querían que se llamara Fernando como el padre. En el mismo orden de cosas, la iglesia toledana de San Juan de los Reyes, mandada construir por su esposo y ella, lleva el nombre de este apóstol predilecto. Así como su símbolo, el águila (en contra de la opinión equivocada de quienes lo toman por un símbolo del franquismo, caso del ínclito ex presidente de gobierno Rodríguez Zapatero) ha sostenido en sus garras el Escudo nacional desde entonces hasta la llegada del Estado de Derecho.

Es preciso hacerse eco también, en honor a su talante, de la absoluta confianza de la Reina en el proyecto que Colón le expuso para grandeza de España -no hay gesta de más alta trascendencia universal-: el descubrimiento de América poco después de la unificación de nuestro territorio tras la toma del Reino de Granada. Claro que como toda obra humana tiene detractores, la opinión de Isabel acerca de la espiritualidad cristiana ha servido para que sean poco valoradas otras cualidades suyas e, incluso, está ocasionando que su proceso de beatificación -y no creo que se reabra con el Papa Francisco- esté paralizado. Y eso que, tras el Descubrimiento, las primeras órdenes que dio a los navegantes fueron que “trataran a los indios cariñosamente y que les fueran enseñando la religión de la Iglesia y a leer”. Además, tenía un gran deseo de enterarse bien de cuanto sucedía en aquellos vastos territorios. Tanto fue así, que nombró a un tal Francisco Bobadilla para que se hiciera cargo de la inspección, pero éste hombre abusó de la confianza real e, incluso, llegó a encadenar a Colón, y los Reyes Católicos mandaron castigarlo inmediatamente por su deslealtad.


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