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Santander 15 de noviembre de 2018 | otoño

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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 16 de julio de 2018 :::

 Por Lara de Tucci

Claudicación

Hay que sacar a colación el papel de los intelectuales en los años presentes, cuando la política brinda bastantes oportunidades para lucirse, y lucirse con profusión de datos y conjeturas -que también las hay- a quienes se dedican a la escritura; ya sean éstos novelistas, poetas, ensayistas o dramaturgos. Y no sólo la política ofrece motivos para afrontar con las plumas -a modo de afiladas espadas- los dislates y los despropósitos de muchos de los que se dan al servicio público. Sino que también, de la misma sociedad gobernada (?), de los ciudadanos de a pie, se escapan actuaciones llamativas que, por lo menos, reclaman aldabonazos de las personas más preparadas, intelectualmente hablando, para que se corrijan tantas y tantas maneras de actuar como vemos que nos preocupan hoy o deberían de preocuparnos.

Tampoco podríamos pedir a los intelectuales del momento compromisos extremos de denuncias y avisos de corrección para las conciencias -sobre todo para las conciencias de algunos de los que viven de la política-, como los que emplearon los de las Generaciones del 98 y del 27, más amplia y contundente ésta. Cuando los unos y los otros no dejaron de lamentarse por lo que estaban viendo que le ocurría a España; casi siempre zarandeada por unos modos de actuación con frecuencia desnortados por parte de sus representantes más distinguidos. Pues siempre los ha habido que se han señalado por su inutilidad. Únicamente pendientes de la “buena imagen” personal y de la “buena imagen”, mucho más amplia pero retorcida, de las facciones donde se acogen, como en regazos de madres consentidoras que sólo sirven para malcriar a los hijos.

Por todo lo cual, se tendrían que conectar las alarmas para que los hombres y mujeres de las Letras reaccionaran convenientemente y, sin miramientos ni respetos humanos, denunciaran a las claras toda maniobra que sea denunciable, con el fin de que muchos de los que están en la política y amparados por la propia política se sientan espoleados y no se acomoden con descaro en los puestos para los fueron elegidos en cualesquiera de los ámbitos territoriales. Privándoles a los ciudadanos de favorecedoras gestiones.

Unas denuncias así únicamente pueden provenir de los intelectuales. Y eso ya se está debatiendo por ahí; pues existen sectores de población que saben lo que dicen y empiezan a cuestionar el desempeño de los talentosos, que están como ausentes en estos tiempos, y no solo en España, sino también en todo el mundo occidental. Un debate que se hace comparando, con gran ventaja de ellos, a los escritores del siglo pasado, las conocidas figuras de las Generaciones antes citadas; donde hay que incluir igualmente a los ensayistas Ortega, Marañón y Aranguren, pongo por ejemplo. De la misma manera que en Francia reclaman voces que ya no suenan, como las de Albert Camus o Jean Paul Sastre.

Pero, ¡no!, la intelectualidad está adormecida; algo tocada por unos planteamientos políticos que señalan con el dedo y amedrentan a quienes, teniendo despejadas mentes, se les ocurriera poner el dedo y hurgar en las llagas que las corrientes ideológicas -una más que otras, desde luego- van abriendo en unas sociedades, cuyas mayorías tampoco caen en la cuenta de que con frecuencia son malipuladas y, por lo tanto, ni echan de menos a cerebros más o menos brillantes que se preocupen en publicar denuncias y acusaciones contra los que no hacen efectivas las instituciones.

Se dirá que hay intelectuales que no cesan de lanzar críticas constructivas, y es verdad; pero lo hacen como pasando de puntillas con cuatro líneas de opinión en los medios de comunicación, opiniones de esas que apenas calen en la opinión pública; no sea que los “jefes de filas” los tomen por trasnochados y ellos, a sí mismos, se crean que lo están realmente. Terminando, de esa manera, de dudar de sus propias capacidades cognoscitivas y aceptando como argumentos de solvencia positiva todo lo que corre con facilidad a través de los WhatsApp de un público que no levanta los ojos de los móviles. Y que, por tal motivo, considera polémico incluso a cualquier obispo que defienda sanas conductas. Cuando la polémica está servida en la calle, con agresiones sexuales frecuentes, un asesinato por semana a causa de la violencia doméstica y dos o tres separaciones matrimoniales diarias; con los niños de los cónyuges -algunos de cortísima edad- sufriendo las consecuencias y yendo de un hogar para otro como pelotas de ping-pong.


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