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:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: 16 de julio de 2018 :::

 Por Fernando Collado

Cantabria debe hacerse respetar

Un tipo abre el telediario, puede que por boca de ganso. Y afirma que el nuevo presidente del Gobierno y el de la Generalitat se reúnen. Una reunión política para un problema político, asegura. Quizá sea resumirlo todo de tal manera que nada parezca lo que en realidad es. Si darle un revolcón a la ley cada vez que apetece puede ser vestido, disfrazado, de problema político, ¿dónde y con qué cara de tonto queda el ciudadano que se somete cada día a las normas nada más poner un pie cada mañana en la acera?

La hemeroteca dice que los problemas políticos en España (ésa a la que los ‘pandiflowers’ llaman Estado para no tener que nombrarla) se resumen en dame más pasta, más competencias; dame la bota llena y el mono borracho. Y así hasta la eternidad, mientras regiones leales –entre ellas Cantabria, Castilla y algunas más- reciben a menudo media ración de bofetadas y una entera de patadas en el trasero.

Pero hablemos de Cantabria. De Cantabria la chuleada por un Estado –esta vez sí- que atiende discriminadamente hacia el Norte en virtud de lo que quiere sacar o de los problemas que pueda regatear. Que mira hacia el Este cuando más al Norte esté. Por eso los murcianos son de segunda. Que olvida al Oeste cuanto más al Sur se encuentre. Y que tira del Sur en elecciones para que no moleste con un compromiso de inversión que no siempre se cumple.

Por eso un cántabro, un murciano, un extremeño o un gaditano –es sólo un racimo de ejemplos, pero hay muchos más que ustedes conocen de maravilla- no están a día de hoy en igualdad de condiciones con regiones llamadas históricas que parece que con el nombre lo tienen todo ganado. La solidaridad interterritorial –fin último del Estado de las Autonomías- es ya un cuento: el de la buena pipa. Y, o alguien se planta, o Cantabria, y otras, quedarán plantadas sine die.

Ahora es el AVE, pero hay decenas de ejemplos del chuleo del Estado a Cantabria mientras otras comunidades se llenan los bolsillos sin empacho, con voracidad y, para más inri, sin lealtad ninguna. Si las inversiones van a navegar siempre en el Golfo de Vizcaya o frente a las costa barcelonesa, en tanto Cantabria debe implorar los plazos de Valdecilla, la inversión en el tren falaz (digo veloz) o cualquier carretera perdida en el interior de sus montes, alguien deberá alzar la voz. Y, quizá, dar alguna coz. (De una puta vez, habría concluido Cela).


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