Por qué Ceuta está en el centro de una crisis migratoria permanente
Más de 80.000 personas entraron en Ceuta, un enclave español situado en la costa marroquí, los días 30 y 31 de julio. Un mes después, la tensión aumenta allí. Esta crisis combina cuestiones migratorias, tensiones diplomáticas y rivalidades geopolíticas. Y la respuesta debe conciliar el control fronterizo, el Estado de derecho y la protección de los derechos humanos.
Desde el 31 de julio de 2026, Ceuta se enfrenta a una crisis fronteriza de una escala sin precedentes. El número de llegadas es especialmente difícil de absorber para una ciudad de unos 83.600 habitantes. Las capacidades de acogida de Ceuta ya estaban saturadas ante esta nueva oleada de entradas. Tras la llegada de unas 1.500 personas durante la semana anterior, las estructuras destinadas a menores no acompañados estaban funcionando, según el presidente de la ciudad autónoma, al 2.400% de su capacidad. Describió la situación como una “emergencia humanitaria y social absoluta”.
Ceuta no sólo se enfrenta a una crisis migratoria, sino a una crisis multifactorial que combina desigualdades estructurales, tensiones diplomáticas, la dependencia de Europa de Marruecos, capacidades de recepción limitadas y polarización política. Su análisis requiere combinar una perspectiva internacional –centrada en la externalización del control fronterizo y las alianzas geopolíticas– con un enfoque interno, atento a las consecuencias sobre el estado de derecho, los servicios públicos, la cohesión social y los discursos políticos y mediáticos.
Factores externos: la dimensión internacional de la crisis
El uso de los movimientos migratorios como instrumento de presión política no es una hipótesis sencilla. La politóloga estadounidense Kelly M. Greenhill describe con la expresión (“migración coercitiva orquestada”) el uso deliberado, o la amenaza, de flujos migratorios para obtener concesiones de otros estados.
En Ceuta, esta dinámica debe situarse en una sucesión de crisis fronterizas observadas desde 2005, y no considerarse como un episodio aislado. En mayo de 2021, más de 5.000 personas entraron en la ciudad tras una relajación de los controles marroquíes, en plena crisis diplomática provocada por la acogida en España de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario.
Esta capacidad de presión se ve reforzada por la externalización de la política migratoria europea, que ha trasladado parte del control fronterizo a terceros países como Marruecos. Al mismo tiempo, la presentación de estas llegadas como una amenaza a la seguridad alimenta el proceso de “securitización”, que tiende a favorecer la protección estatal en detrimento de la seguridad y los derechos de los propios migrantes (2017).
El Parlamento Europeo también condenó explícitamente en junio de 2021 el uso por parte de Marruecos del control fronterizo, la migración y, en particular, los menores no acompañados como medio de presión política contra España. El Centro de Asuntos Internacionales de Barcelona (CIDOB) calificó este episodio como un caso emblemático de (“instrumentalización de la migración”), es decir, de utilización de los migrantes como instrumentos de coerción entre Estados.
Si en 2021 la presión ejercida por Marruecos se explicaba por la acogida del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, en un hospital de Logroño, no hay que olvidar que la ruptura de relaciones diplomáticas entre Marruecos y Argelia ese mismo año había provocado el cierre del gasoducto Magreb-Europa, privando al reino de Shereef de una fuente de ingresos y de una palanca de influencia.
En 2026, el contexto inmediato es diferente, aunque es probable que varios acontecimientos diplomáticos recientes hayan perturbado a Rabat. El 20 de julio, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, realizó una visita oficial a Argelia y anunció la celebración de una reunión bilateral de alto nivel en otoño. El Gobierno español ha vuelto a calificar a Argelia, principal rival regional de Marruecos, de «socio estratégico» y de «nación amiga».
El 23 de julio, la Comisión de Justicia del Congreso de los Diputados aprobó el texto de una propuesta de ley destinada a facilitar el acceso a la nacionalidad española a los saharauis nacidos bajo administración española. El texto aún debe ser adoptado por el Parlamento.
La concomitancia de esta iniciativa con el acercamiento diplomático entre España y Argelia, así como con la crisis fronteriza, alimentó la hipótesis según la cual Rabat intentaría recordar el coste que podría tener, a sus ojos, cualquier decisión española contraria a sus intereses respecto al Sáhara Occidental.
Adicción en Marruecos
La subcontratación del control migratorio ha convertido a Marruecos en un socio indispensable, pero también en una fuente de dependencia. En 2023, la Comisión Europea ha dedicado 152 millones de euros a reforzar la gestión de las fronteras marroquíes. Esta delegación de poderes otorga a Rabat capacidad de influir en la cooperación migratoria.
Esta dependencia es tanto más problemática cuanto que la capacidad de contener las salidas no garantiza la fiabilidad democrática del socio. La ONG estadounidense Freedom House, cuya misión es promover la democracia y los derechos humanos en todo el mundo, clasifica a Marruecos entre los países “parcialmente libres”, con una puntuación de 37 sobre 100, y subraya el predominio político y económico de la monarquía.
La ONG internacional independiente Human Rights Watch, que investiga abusos contra los derechos humanos en más de 90 países, señala en su informe de 2026 una intensificación de la represión contra periodistas, activistas y defensores de los derechos humanos, así como procesamientos contra personas que defienden la independencia del Sáhara Occidental. Las autoridades recurren en particular a acusaciones de difamación, difusión de información falsa, ofensa a las instituciones o ataque a la monarquía para restringir el espacio de crítica política.
Este contexto nos lleva a plantearnos una pregunta delicada: ¿hasta qué punto Europa puede presentar como garante fiable de sus fronteras a un régimen que restringe permanentemente la libertad de prensa, reprime la disidencia y utiliza su cooperación internacional para fortalecer su posición en el Sáhara Occidental?
El alineamiento Marruecos-Israel-Estados Unidos
El eje Marruecos-Israel-Estados Unidos se consolidó en 2020 con la normalización de las relaciones entre Rabat y Tel Aviv y el reconocimiento por parte de Estados Unidos de la soberanía reclamada por Marruecos sobre el Sáhara Occidental. Se reforzó aún más en 2021 con la firma de un memorando de cooperación militar. Este alineamiento contrasta con el deterioro de las relaciones entre España e Israel, así como con las crecientes tensiones entre Madrid y Washington.
La crisis de Ceuta ha puesto de relieve estas tensiones. El embajador de Israel ante Naciones Unidas cuestionó la soberanía española sobre la ciudad, mientras que la Casa Blanca achacó la crisis a las políticas «globalistas» y de «extrema izquierda» del gobierno español.
Estas declaraciones demuestran una explotación diplomática de la crisis y una convergencia retórica hacia España, pero no constituyen prueba de la existencia de una acción coordinada encaminada a facilitar la apertura de la frontera.
Factores internos: derecho y capacidades institucionales
La sentencia dictada por el Tribunal Supremo el 8 de julio no prohíbe estrictamente las “expulsiones en caliente” de inmigrantes que intentan llegar a nado a Ceuta y Melilla. Por otro lado, descarta el uso del procedimiento excepcional de “rechazo de frontera” para personas interceptadas en el mar, por no haber cruzado un sistema de control material, como la valla fronteriza.
Sin embargo, esta decisión fue objeto de una interpretación simplificada ampliamente difundida en Marruecos, que pudo haber fomentado los cruces al dar lugar a la idea de que las personas que llegaran nadando no serían devueltas.
Para el presidente del Gobierno español, las redes de contrabando aprovecharon esta decisión judicial. La sentencia pudo así desempeñar el papel de factor facilitador, sin explicar por sí sola la magnitud de la crisis ni la reducción simultánea de los controles fronterizos en el lado marroquí.
La construcción del relato de la “invasión”
Las crisis fronterizas crean un contexto propicio para la radicalización del debate público. Un estudio destaca un endurecimiento de la retórica política y una banalización de los discursos racistas. Durante la crisis de 2021, el partido de extrema derecha Vox dedicó más del 70% de sus publicaciones a Ceuta y la migración.
Otro estudio mostró que el 80% de los mensajes de odio analizados se centraban en la confrontación política, y no en las causas o soluciones a los problemas migratorios.
En la crisis actual, expresiones como “invasión”, “hombres en edad de luchar” o “sicaires” contribuyen a esta representación de los migrantes como una amenaza colectiva. Los medios de comunicación no están necesariamente en el origen de estos discursos, pero pueden contribuir a trivializarlos cuando utilizan encuadres alarmistas sin contextualizarlos ni ponerlos en perspectiva.
Los derechos humanos como límite y como respuesta
En una crisis de esta naturaleza, los derechos humanos no constituyen un obstáculo para la gestión de fronteras, sino que marcan sus límites legales y éticos. El hallazgo de más de 40 cadáveres en aguas de Ceuta pone de relieve el coste humano de una política que convierte la frontera en una zona de peligro extremo.
España tiene la obligación de proteger vidas humanas, garantizar las operaciones de rescate y examinar cada situación individualmente, prestando especial atención a los menores, los solicitantes de asilo y las víctimas de trata de seres humanos.
Pero las principales víctimas siempre siguen siendo los propios inmigrantes. Marruecos puede utilizarlos como medio de presión, los partidos políticos como argumento electoral y ciertos discursos los reducen a una amenaza anónima.
Mientras los estados compiten por influencia y responsabilidades, estas personas arriesgan sus vidas y se exponen a la falta de protección, reacciones arbitrarias y deshumanización en el debate público. La respuesta no debe enfrentar los derechos de los residentes de Ceuta con los de los que llegan, sino garantizar que estas dos poblaciones –y particularmente las más vulnerables– no sigan pagando el precio de estrategias políticas sobre las que no tienen control.![]()
