Pedro Sánchez

Cómo se arraigó la corrupción en España

El socialista Pedro Sánchez llegó al poder en 2018 tras un escándalo de corrupción que había socavado el gobierno de derecha hasta entonces. Pero en los años siguientes, casos igualmente graves afectaron a sus más cercanos. Las teorías de la criminología proporcionan una mejor comprensión del fenómeno por el cual la corrupción se propaga dentro de una sociedad y, en particular, de sus élites políticas.

Desde hace varios meses, un gigantesco asunto de corrupción sacude a España al más alto nivel del Estado. El primer afectado por este escándalo es el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, elegido inicialmente para luchar contra el fraude.

Para un moralista, el espectáculo ibérico tiene todas las apariencias de una vasta novela de hipocresía, tan minuciosamente elaborada, tan delicadamente bordada, que uno podría creer que responde a alguna oscura y viciosa vocación artística del alma humana. Pero el ojo del investigador en criminología ve material para ilustrar numerosas teorías.

La pandemia de Covid-19, un contexto favorable a la corrupción

Los casos penales suelen tener su origen en un contexto favorable. Pedro Sánchez llegó al poder en 2018, a la edad de 46 años, sobre los escombros del escándalo Gürtel que provocó la caída del gobierno del Partido Popular (PP, derecha) liderado por Mariano Rajoy.

Sánchez era entonces, a los ojos de un pueblo desolado, como un joven héroe de novela, salvador de una España cansada de escándalos, bañado por una luz moderna, encarnando la promesa de una transparencia inmaculada y alegre. Confirmó su estatus al ganar las elecciones legislativas anticipadas de abril y luego de noviembre de 2019, antes de perder por poco las de 2023, aunque permaneció en el poder gracias a alianzas políticas. Unos años más tarde, aquí está él, prisionero de las mismas sombras con las que una vez afirmó estar luchando.

La tragedia de la pandemia de Covid-19 fue terreno fértil para la expansión de la corrupción. La pandemia, con su procesión de ansiedad, incertidumbres y decisiones apresuradas, hizo estallar los sistemas de control, la última defensa contra la tentación humana. Con el pretexto de la urgencia absoluta, se olvidaron las normas, se suspendieron las licitaciones y se enterraron los controles. Un contexto deletéreo que propició el ascenso al poder del partido de extrema derecha Vox.

En este ambiente de fin del mundo, apareció un hombre providencial, Koldo García, asesor del ministro de Transportes de 2018 a 2021, con aura de hombre de poder de confianza. Gracias también a la proximidad que le unía al ministro de Transportes, José Luis Ábalos, fiel aliado de Pedro Sánchez, Koldo García pudo navegar sin resistencia por los pasillos de la asustada administración española, haciéndose cargo de pedidos y contratos, valiéndose sus relaciones de un certificado de competencia. Se gastaron millones en máscaras que no siempre fueron proporcionadas, mientras múltiples comisiones secretas pagaban a intermediarios sin escrúpulos como Koldo García.

Luego, la corrupción extendió sus ramificaciones incluso al círculo más íntimo del primer ministro. Así, Begoña Gómez, esposa del jefe de Gobierno, se vio envuelta en los opacos efectos de la adjudicación de determinados contratos públicos. Otro escándalo se refería al hermano del presidente del Gobierno, David Sánchez, que disfrutaba de un cargo público, exento de cualquier actividad real, pero muy caro.

Teorías del crimen o ciencia al lado del alma humana

Los criminólogos, al igual que los botánicos que examinan la evolución de una planta venenosa, pueden analizar este asunto utilizando tres enfoques.

Por un lado, la teoría de las actividades rutinarias, desarrollada en 1979 por Cohen y Felson, muestra cómo la pandemia –al abolir la vigilancia– facilitó el surgimiento de un pacto de corrupción gracias a tres componentes: la existencia de un “agresor” motivado y un objetivo vulnerable, y la ausencia de un guardián capaz de proteger a este objetivo. De hecho, es la falta de supervisión lo que ha permitido que florezcan estos casos de corrupción.

Por otra parte, la teoría de la asociación diferencial, desarrollada a partir de 1939 por Sutherland, explica la forma en que, en ciertos círculos del partido gobernante, la corrupción se transmitía como una rutina mundana: la gente aprendió a considerar la desviación no como un delito, sino como una técnica administrativa flexible, similar a esas sutiles «adaptaciones» a las que se entregan los privilegiados para mantener las apariencias manteniendo sus privilegios.

Finalmente, la teoría de la neutralización de Sykes y Matza (1957) revela el talento que tienen los líderes políticos para justificar la gravedad de sus acciones. Había múltiples justificaciones para aniquilar el más mínimo sentimiento de culpa: como en otros casos similares, los culpables alegaron la urgencia, minimizaron el alcance de las irregularidades cometidas o subrayaron el imperativo respeto a las reglas de la lealtad respecto de un círculo de amigos… lamentablemente corruptos.

La fachada ética, o el arte de guardar las apariencias

Cuando estalló el asunto de la corrupción, unido a un escándalo sexual, el partido del presidente del Gobierno mostró una velocidad extraña: se apresuró a excluir de sus filas a figuras destacadas como José Luis Ábalos y Santos Cerdán, denunciando y condenando verbalmente el horror de la corrupción.

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Pero estos gestos parecían destinados más a producir una impresión de virtud que a restaurar la moralidad real. Lo que vimos no fue un surgimiento de conciencia, sino el establecimiento de una fachada ética: un barniz discreto, aplicado para ocultar la podredumbre, como esos toques de pintura que agregamos a un mueble destartalado para que parezca presentable.

La historia de Pedro Sánchez y su círculo íntimo es menos la de una caída espectacular que la, más triste y más banal, de una lenta transformación, una transformación en la que el poder, imperceptiblemente, se convierte en privilegio, y la virtud proclamada para hacerlo elegido se transforma en oportunidad no regulada. El pueblo español, testigo de este repetitivo espectáculo, se encuentra en un punto de total desolación, observando con tristeza y pesimista cansancio la infinita repetición de los mismos errores humanos. Mientras la virtud lucha en el barro que se prometió secar, España contempla su invierno moral, un invierno que parece terminar sólo a costa de una dolorosa lucidez.La conversación


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