Por qué España es ya un referente mundial en la lucha contra el calor extremo
Adaptar las ciudades al calor extremo se ha convertido en una preocupación importante en la planificación urbana. Más allá de las transformaciones fundamentales, cuya implementación lleva mucho tiempo, la creación de redes de refugios climáticos permite ofrecer a los habitantes de las ciudades que los necesitan lugares para refrescarse y descansar. España está a la vanguardia en la materia y su enfoque es emulado a nivel internacional.
El verano de 2025 fue el más caluroso registrado en España y el segundo en términos de mortalidad atribuible al calor: se estima que 15.711 muertes estuvieron relacionadas con las altas temperaturas ().
Ante esta realidad, una biblioteca con aire acondicionado, un centro cívico equipado con fuentes de agua o una escuela abierta al público pueden marcar la diferencia. Esto es precisamente lo que son, en esencia, los “refugios climáticos”: lugares donde resguardarse del calor extremo sin estar obligado a consumir, pagar entrada o acreditar ninguna necesidad.
Los resultados de nuestro trabajo, publicado recientemente en la revista, surgen precisamente de esta observación: el calor no es solo una molestia en verano, sino que constituye un desafío que, para ser abordado, requiere implementar respuestas climáticas, sanitarias y de gobernanza. Sin embargo, España fue uno de los primeros países en hacer realidad esta idea transformándola en una política urbanística duradera.
Barcelona, a la vanguardia del ejemplo
La ciudad de Barcelona fue pionera en este campo. En lugar de considerar únicamente grandes centros de refrigeración para situaciones de emergencia, sus gestores se comprometieron a apoyarse en una red de lugares preexistentes y adaptarlos para que se conviertan en lugares de confort térmico: bibliotecas, centros cívicos (), escuelas, mercados, complejos deportivos y parques… De este modo, los refugios climáticos, concebidos inicialmente como una respuesta improvisada, se han convertido en infraestructuras sanitarias públicas.
El resultado fue notable: la red de Barcelona pasó de 70 albergues en 2020 a 397 en 2025 –y 451 si incluimos los microalbergues–. Se trata de espacios que pueden ocupar sólo unos pocos metros cuadrados, por ejemplo un pequeño y denso jardín urbano que contrasta con un entorno totalmente pavimentado.
Durante este período, la cobertura de refugios climáticos ha mejorado considerablemente: la proporción de la población con un refugio a una distancia de diez minutos a pie aumentó del 61% al 99%, y la proporción de la población con un refugio a una distancia de cinco minutos a pie aumentó del 20% al 74%.
Este éxito se explica en gran medida por la combinación de la velocidad de acción de las autoridades y la movilización de la infraestructura ya existente. Detrás de este avance se esconde una lección esencial: adaptar una ciudad al calor requiere voluntad política constante, y exige considerar el problema como una cuestión de salud, proximidad y cuidados.
Además, este modelo está en constante evolución, y lo que no funciona como se esperaba se convierte en una fuente de aprendizaje y mejora. Por ejemplo, ante ciertos problemas de comunicación, horarios inadecuados o una distribución desigual de los albergues entre barrios, la idea no se abandonó: se hicieron cambios, ya sea ampliando los horarios de acceso a determinadas instalaciones, mejorando la señalización, reforzando la información accesible en varios idiomas) y permitiendo que espacios ya gestionados por actores comunitarios o privados se convirtieran en microalbergues.
Esta capacidad de aprendizaje constituye otro elemento clave del éxito de este modelo. Hoy, uno de los principales retos de España no es sólo ampliar las redes de refugios climáticos, sino también definir mejor los lugares que realmente pueden ser considerados como tales.
Frente a múltiples desafíos, estableciendo un punto de referencia
Para ser verdaderamente eficaz, un refugio debe ofrecer condiciones mínimas de comodidad y dignidad: debe ser de fácil acceso, y el público no sólo debe encontrar allí una temperatura adecuada, sino también poder obtener agua potable, tener la oportunidad de sentarse y descansar y encontrar allí información clara.
En 2025, la Red Climática de Ciudades Españolas publicó una guía de recomendaciones para ayudar a los municipios a diseñar sus redes de refugios climáticos locales, y la Comunidad Valenciana () cuenta ahora con un decreto específico para crear su propia red de espacios climáticos.
Más que un modelo que ya ha alcanzado la madurez, el caso español ilustra una tendencia cada vez más acentuada, la de la normalización y mejora de la calidad de estos espacios.
Pero no deberíamos idealizar la situación. España es hoy un referente no porque haya solucionado todos sus problemas, sino porque ha progresado más que otros territorios, poniendo de relieve sus propias carencias.
El informe de Greenpeace “Ciudades sobrecalentadas” recordaba una realidad incómoda: en julio de 2025, sólo 16 de las 52 capitales de provincia de España contaban con una red de refugios climáticos públicos.
Además, siguen sin respuesta cuestiones fundamentales como los horarios de apertura, la idoneidad real de muchos espacios, los obstáculos a la movilidad, las desigualdades territoriales y los problemas de mala comunicación, problemas todos ellos que afectan especialmente a las personas que viven solas, limitadas por horarios de trabajo rígidos o que no reciben información en formatos e idiomas adecuados.
El estudio de los datos revela también que los espacios exteriores, incluso sombreados y plantados, no siempre garantizan un confort suficiente durante los episodios de calor muy intenso. Calificar de refugio climático un lugar insuficientemente sombreado, o un espacio interior que no ofrece ni agua potable ni posibilidades reales de descanso, equivale a vaciar el concepto de su significado.
España, un modelo para el mundo
Pese a todo, la experiencia española ya está inspirando a otras ciudades. Los intercambios internacionales se están intensificando en redes como Cool Cities Network de la red C40. En Francia, la ciudad de París transforma desde hace varios años sus patios escolares en oasis de bienestar urbano, mientras que en el Reino Unido, la ciudad de Bristol está evaluando un programa piloto destinado a consolidar una red de refugios climáticos en el marco de su programa Keep Bristol Cool.
En América Latina, varias ciudades también han seguido de cerca la experiencia española, aunque esta circulación de conocimientos no ha sido documentada sistemáticamente. En Argentina, por ejemplo, la ciudad de Rosario creó su red municipal durante el verano de 2023/2024. Compuesta entonces por 20 espacios, este número aumentó hasta 78 refugios climáticos en 2024/2025, y la ciudad cuenta ahora con 100, repartidos por todo el municipio.
En Brasil, São Paulo avanza en la misma dirección. Como parte de la iniciativa SampaAdapta, se instalan sensores para comparar datos de calor y salud. Permitirán cartografiar el territorio para delinear una futura red de espacios de confort térmico, señal de que la reflexión ya no se limita a reaccionar a las olas de calor, sino que también pretende planificar ciudades más habitables.
La necesidad de políticas públicas comprometidas
España no sólo ha implementado respuestas al calor: también ha ayudado a dar forma a cómo otras ciudades están comenzando a abordar el problema. La principal lección que se puede aprender de la situación española es sencilla: los refugios climáticos pueden salvar vidas, pero sólo si están bien diseñados.
En comparación con las transformaciones urbanas que tardan más en implementarse, esta medida es relativamente rápida y accesible. Pero no puede sustituir otras acciones como la rehabilitación de viviendas, la reducción de la pobreza energética, la instalación de sistemas de sombreado en las calles, la reverdecimiento de los barrios y la protección de las personas más expuestas.
El calor se ha convertido en un problema crónico. España ha demostrado que, para afrontarlo, es importante situar el cuidado en el centro de las políticas urbanísticas. Para que los refugios climáticos se conviertan, en el largo plazo, en infraestructuras que garanticen protección, cuidado y resiliencia urbana, deben incluirse en la agenda política de manera duradera y proactiva, y garantizarse una financiación a largo plazo. Se deben establecer mecanismos de participación y co-construcción.
Más allá de la resistencia al calor extremo, la cuestión de los refugios climáticos también nos invita a lograr algo más ambicioso: imaginar qué ciudades queremos construir para enfrentar una realidad climática impredecible en sus manifestaciones y constante en sus demandas.![]()

Ana Terra Amorim-Maia, Investigadora Postdoctoral en Adaptación Climática y Justicia; Dominic Royé, Investigador Ramón y Cajal, y Marta Olazabal, Investigadora Asociada Ikerbasque,
Este artículo se vuelve a publicar desde The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.
