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¿Qué futuro para el municipalismo? Una mirada retrospectiva a las experiencias de Barcelona y Madrid

En España, coaliciones “municipalistas” de movimientos sociales gobernaron numerosas ciudades entre 2015 y 2023. Mientras las “listas participativas y ciudadanas” se multiplican en Francia en vísperas de las elecciones municipales de marzo de 2026, ¿qué podemos aprender de estas experiencias? ¿Pueden los casos de Madrid y Barcelona constituir una fuente de aprendizaje para este creciente movimiento?

Las listas ciudadanas pretenden liberarse de los partidos, eligiendo profesionales no políticos, para promover la participación y renovar la democracia a nivel local. La cooperativa Fréquence Commune, que los apoya, cuenta con cerca de 700 “listas ciudadanas y participativas” para las elecciones municipales de 2026, una cifra que aumenta significativamente con respecto a 2020.

Si este movimiento ciudadano se está extendiendo en Francia, existen precedentes en otros lugares. Este es el caso de España, donde las llamadas coaliciones “municipalistas” ganaron muchas ciudades grandes en 2015, y un puñado continuaron gobernando entre 2019 y 2023. ¿Cuáles son las lecciones aprendidas de estas experiencias que siguen siendo una fuente de inspiración, en Francia y en otros lugares? Varias publicaciones recientes hacen un balance del municipalismo español, analizando tanto el contenido de las políticas adoptadas como la renovación de las formas de hacer política.

Los casos de Madrid y Barcelona son particularmente instructivos. Las dos ciudades más grandes de España vieron coaliciones municipalistas llegar al poder en 2015 y permanecer allí hasta 2019 para Madrid y 2023 para Barcelona. Su ambición declarada era ir más allá de los partidos tradicionales, profundizar la democracia local, renovar las políticas públicas y transformar los ayuntamientos desde adentro. En estas dos experiencias también corrieron diferencias, en torno a la concepción de participación, los vínculos con los movimientos sociales y la dimensión social de las políticas llevadas a cabo.

¿Una democracia participativa y/o de movimientos?

Se han establecido mecanismos participativos en ambas ciudades para involucrar a los residentes en el desarrollo de políticas municipales. Si en Barcelona se impulsó más la participación presencial y asociativa, en Madrid se favoreció la participación digital e individual. Los diferentes modelos de participación adoptados por estas dos ciudades pueden explicarse tanto por factores contextuales (muchos mecanismos de participación ya existen en Barcelona, ​​a diferencia de Madrid) como por el establecimiento de movimientos sociales (con una mayor influencia de los indignados en Madrid y las asociaciones de vecinos en Barcelona) y las trayectorias individuales de los funcionarios electos para la participación.

En la capital se han iniciado varios procesos de democracia directa en la plataforma digital, como referendos de iniciativa ciudadana inspirados en los votos de los ciudadanos suizos. Todos los residentes mayores de 16 años podían presentar una propuesta y votar, con el apoyo del 1% de los votantes necesario para celebrar un referéndum de toma de decisiones. A pesar de las 26.000 propuestas formuladas durante el mandato, sólo dos obtuvieron el apoyo necesario y fueron objeto de referéndum, lo que muestra los límites de estas innovaciones democráticas, en parte desconectadas de la cuestión social.

En Barcelona, ​​aunque la democracia participativa no estuvo ausente, no constituyó el corazón del proyecto común de Barcelona. El municipalismo barcelonés, además de estas formas procedimentales de participación, ha instaurado una “democracia movimentista”. Se trataba de crear nuevas alianzas con los movimientos sociales, para permitirles intervenir directamente en la política local. Lejos de ser vista como un obstáculo para la política institucional, la presión constante de estas movilizaciones populares ha sido el principal motor del cambio en Barcelona. El consejo municipal adoptó así medidas emblemáticas de los movimientos sociales, como la obligación de dedicar el 30% de las nuevas construcciones inmobiliarias a viviendas sociales; la asignación de una capilla a un centro de salud vecinal en detrimento de una colección de arte privada; o la creación de una carta que permita transferir la gestión de los espacios y suelos municipales a los ciudadanos para convertirlos en bienes comunes urbanos.

La relación con los movimientos sociales fue menos central en Madrid, especialmente debido a los orígenes de los equipos municipalistas, que procedían directamente de los movimientos de protesta en Barcelona. Ada Colau, ex activista contra los desahucios inmobiliarios, llegó a ser alcaldesa de Barcelona procedente de las clases trabajadoras, a diferencia de la jueza Manuela Carmena, que se convirtió en primera concejala de Madrid. Además, Barcelona, ​​que ha tenido una larga tradición de movimientos sociales y experimentos de autogestión, ya había tenido muchos gobiernos de izquierda moderados, mientras que la derecha había reinado en Madrid durante varias décadas.

¿Políticas que sirven a qué categorías?

Este vínculo cada vez mayor con los movimientos sociales ha tenido un impacto significativo en las políticas implementadas. Barcelona en Común ha tomado medidas más ambiciosas ante la crisis inmobiliaria y ha invertido más en barrios populares buscando combatir la segregación urbana y la gentrificación, mientras que el equipo de Ahora Madrid ha centrado su acción en los barrios céntricos de la capital. En 2019, los barrios populares se movilizaron menos para apoyar la candidatura de Manuela Carmena, lo que puede estar vinculado a las prioridades de su acción municipal y explicar su no reelección.

Esta diferencia también es perceptible en la actitud de los dos equipos municipales ante los grandes proyectos urbanos. La gestión de Ahora Madrid ha estado marcada por una cierta continuidad con los gobiernos municipales anteriores, simbolizada por la aprobación de la operación “Chamartín”. Este faraónico proyecto de desarrollo inmobiliario constituyó una verdadera manzana de la discordia con los movimientos sociales que se oponían firmemente a él.

Si Barcelona no puso fin a los grandes congresos que atraen flujos de inversores extranjeros como el World Mobile Congress, aunque criticado antes de las elecciones, Ada Colau se opuso a varios grandes proyectos urbanísticos. El ayuntamiento fue así una de las voces más críticas contra la ampliación del aeropuerto de Barcelona o la instalación de una filial del museo Hermitage (San Petersburgo, Rusia) en el barrio de la Barceloneta, ya expuesto al sobreturismo. La valoración del municipalismo es también una valoración negativa, que debe tener en cuenta las políticas especulativas o los proyectos urbanos impedidos por los municipalistas electos.

¿Qué queda de las experiencias municipalistas?

El retorno de la derecha al liderazgo de la capital en 2019 supuso el cese de la mayoría de las políticas implementadas por Ahora Madrid, como los procesos de democracia directa, las políticas feministas o las medidas anticontaminación. En Barcelona, ​​el legado de la Barcelona en común, que tuvo dos mandatos para permear la acción pública municipal, sigue presente aunque los desafíos hayan sido iniciados por el nuevo equipo socialista. Por ahora, las medidas que mejor han resistido son precisamente aquellas que fueron impulsadas directamente por los movimientos sociales, que siguen ejerciendo presión para mantenerlas.

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Si bien se desarrollan proyectos municipalistas o listas participativas, particularmente en Francia, esta comparación muestra la diversidad de experiencias de municipalismo más allá de una unidad declarada. Subraya la importancia del municipalismo no sólo político sino también social, es decir, su anclaje en el tejido asociativo local, las movilizaciones sociales y los barrios obreros. De ello depende la radicalidad de las experiencias, pero también la permanencia de los cambios inducidos en el tiempo.La conversación

Héloïse Nez, profesora de sociología del LIED/LCSP, y David Hamou, doctor en sociología de la Universidad París-Nanterre,

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Este artículo se vuelve a publicar desde The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea elartículo original.