jornada historica castellera merce 2017

Castellers en Cataluña: cuando el cuerpo se convierte en herramienta

En Cataluña, para construir sus impresionantes torres humanas, los castellers ocupan un lugar determinado por su tamaño, su fuerza, su peso y su agilidad. Una organización esencial, pero que en ocasiones puede influir en la forma en que los adolescentes perciben su cuerpo.

En lo alto de la torre, los niños más ligeros avanzan entre los hombros de los adultos. Unos metros más abajo, los adolescentes mantienen el equilibrio del tronco, mientras los miembros más fuertes forman una base compacta alrededor de la construcción. Los castells, estas espectaculares torres humanas catalanas, se basan en una arquitectura real de cuerpos. Cada participante tiene una función específica, determinada por sus capacidades físicas, su experiencia y las necesidades de la construcción.

Catalogada como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad desde 2010, esta tradición catalana se ha desarrollado ampliamente más allá de su territorio original. Los colles, equipos castellers, existen actualmente en Madrid, París, Boston, Sídney, Estocolmo e incluso Berlín.

Una torre en la que cada carrocería tiene su lugar

Un castell generalmente se compone de varias partes. La pinya constituye la base humana encargada de estabilizar la torre y amortiguar una posible caída. Encima se eleva el tronco, formado por varios pisos de castellers. La parte superior, llamada pom de dalt, la ocupan los miembros más jóvenes. La enxaneta, el niño que llega arriba, levanta entonces la mano para señalar que el castell ha sido cargado. Las rejas y tambores acompañan la progresión indicando musicalmente las distintas fases de la construcción.

En este edificio humano la fuerza no es suficiente. También se tienen en cuenta la altura, el peso, el equilibrio, la flexibilidad y la agilidad para asignar las diferentes posiciones. Esta diversidad forma parte de la filosofía de Castells: niños, adolescentes y adultos con tipos corporales muy diferentes deben aprender a confiar unos en otros para conseguir un objetivo común.

Cuando crecer requiere que cambies de lugar

Sin embargo, la situación puede volverse delicada durante la adolescencia. Un niño acostumbrado a subir a los pisos superiores acaba inevitablemente creciendo y ganando peso. Entonces se vuelve demasiado grande para permanecer en el pom de dalt y debe aprender a ocupar otra posición. Puede unirse a un nivel inferior del tronco, integrar la pinya o contribuir a la vida de la colla de otra manera.

Este cambio, aunque natural, puede resultar difícil vivir con él. Algunos adolescentes han construido parte de su identidad en torno al cargo que ocupan desde hace varios años. Dejar la cima puede verse entonces como una pérdida de estatus, reconocimiento o pertenencia al grupo.

Las profesoras Josefa Canals Sans y Victoria Arija Val, especialistas en salud de la adolescencia de la Universidad Rovira i Virgili, destacan que este periodo también corresponde a una etapa de profundas transformaciones físicas y psicológicas. La imagen corporal, la autoestima y la forma en que los demás los ven suelen cobrar especial importancia.

Posible presión alrededor del peso.

Ciertas posiciones del tronco son frecuentemente ocupadas por adolescentes que deben permanecer relativamente livianas, sin dejar de poseer suficiente fuerza y ​​agilidad para sostener la estructura. En este contexto, en ocasiones puede aparecer el miedo a engordar. Una joven castellera puede temer que las transformaciones normales de su cuerpo le hagan perder su posición dentro de la torre.

Esta preocupación no significa necesariamente que se desarrollará un trastorno alimentario. Sin embargo, puede volverse problemático cuando va acompañado de restricciones dietéticas, actividad física excesiva, perfeccionismo significativo o insatisfacción permanente con el propio cuerpo.

La adolescencia ya se considera una época de mayor vulnerabilidad a las preocupaciones por el peso y la apariencia física. Mantener un puesto en el castell puede, para algunas personas, suponer una presión adicional.

Los niños también pueden verse afectados

La cuestión no se limita a los castelleres situados en las plantas superiores. En la pinya, entre los bajos o en los primeros pisos del maletero se valora especialmente la capacidad de soportar el peso de varias personas. Estas funciones suelen requerir cuerpos más robustos y musculosos.

Por ello, los investigadores mencionan otra forma de presión que podría preocupar a algunos jóvenes: el deseo excesivo de aumentar su masa muscular. Esta preocupación, llamada dismorfia muscular o, a veces, “vigorexia”, puede provocar ejercicio compulsivo y cambios significativos en la dieta.

Sin embargo, esto es sólo una hipótesis de vigilancia. Los datos científicos actualmente disponibles no permiten afirmar que los jóvenes castellers estén más afectados que el resto de la población.

No se demuestra mayor riesgo en castellers

Los especialistas insisten en un punto esencial: ningún estudio demuestra a día de hoy que los adolescentes Castellers tengan más trastornos alimentarios que otros jóvenes de su misma edad.

Participar en una colla podría incluso aportar varios elementos de protección. La formación crea conexiones sociales, fortalece el sentimiento de pertenencia y ofrece a los adolescentes un espacio en el que asumen responsabilidades concretas.

El éxito nunca depende de una sola persona. Incluso el niño que llega a la cima debe su ascenso a las decenas, o incluso cientos, de participantes que estabilizan la construcción. Esta interdependencia promueve la confianza, la cooperación y la estima colectiva.

Evitar el peso definiendo el valor de un joven

La ausencia de riesgo demostrado no exime a los adhesivos de permanecer atentos. En particular, los directivos y las familias pueden evitar comentarios repetidos sobre el peso o los cambios físicos de los jóvenes participantes. Cuando un niño ya no puede ocupar su puesto anterior, el cambio debe presentarse como un desarrollo normal y no como un fracaso. La colla puede ofrecerle nuevos retos, enseñarle otras técnicas o darle más responsabilidades.

El objetivo es que cada adolescente comprenda que su valor no depende de su peso ni del piso que ocupe. El Casteller World ofrece suficientes funciones diferentes para que todos puedan seguir participando, incluso aunque su cuerpo cambie. Promover una alimentación equilibrada, una actividad física adecuada y una visión positiva de todo tipo de cuerpo permite también preservar lo que constituye la esencia misma de los castells: la aportación de cada persona a un trabajo común.

Construyendo personas tanto como torres

Los castells no son sólo una proeza física o un espectáculo impresionante destinado a las fiestas populares. Representan una escuela de confianza, solidaridad y vida colectiva. Para mantener esta dimensión, los pegamentos deben acompañar a los niños a medida que crecen, cambian su morfología y abandonan las posiciones que conocen.

Un castillo humano sólo permanece estable cuando se adapta a las personas que lo componen. Lo mismo ocurre con los equipos: su éxito no se mide sólo por la altura de los castillos construidos, sino también por su capacidad para formar jóvenes seguros de sí mismos, unidos y que se sientan bien consigo mismos.