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El otro sueño español: conseguir un trabajo como funcionario

François Bayrou acaba de anunciar la abolición de 3.000 empleos en el servicio público. Al otro lado de los Pirineos, Pedro Sánchez promete la creación de 36,000 empleos. El contraste, sorprendente, ilustra dos visiones opuestas del funcionamiento: un trabajo predeterminado para algunos, el grial para otros.

En Francia, el funcionamiento tiene una reputación como escondite lacado. Se asocia fácilmente con seguridad perezosa, horas cómodas y una carrera congelada. Los críticos apuntan tanto a la lentitud de la administración como la impresión de una burbuja de privilegios desconectados de la realidad del sector privado.

En España, la percepción es bastante diferente. El estado de funcionario incorpora la estabilidad del sueño, especialmente en un país donde la emancipación permanece tarde. En ausencia de salarios decentes y viviendas asequibles, muchos jóvenes españoles todavía viven con sus padres más allá de los 30 años.

Pasar una competencia es a menudo la única forma de considerar una vida independiente. Según el Observatorio Español del Servicio Público, dos jóvenes funcionarios de tres menores de 25 años creen que un puesto en el público les permitirá comenzar una familia. Más de la mitad piensa que es la única forma de volverse financieramente independiente.

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Debe decirse que las cifras están de acuerdo con esta elección: en el público, un trabajo equivalente se paga en promedio un 25 % más que en el sector privado. En Francia, la brecha cae al 9 %.

Esta visión del puesto como un trabajo seguro voló después del Covir, que reavivó el deseo de estabilidad profesional. En España, los funcionales aparecieron como un refugio en un mundo incierto. El año 2023 marcó un punto de inflexión: el gobierno ha publicado la mayor oferta de trabajo público en la historia.

Según las cifras oficiales, casi 10 millones de españoles ya han aprobado una competencia, prepárate o piensan en serio. Una cifra récord, que debería continuar subiendo con las salidas de jubilación masivas de la generación de baby boom: para 2030, se proporcionarán casi un millón de posiciones.

Pesimismo francés versus entusiasmo español

La diferencia en la imagen entre Francia y España no se debe solo a la economía. También se explica por la forma en que los gobiernos tratan con sus funcionarios. Donde Bayrou anuncia recortes presupuestarios, Sánchez se basa en el refuerzo de los servicios públicos como un motor de estabilidad social.

España ha invertido masivamente en la modernización de su administración, especialmente en herramientas digitales. Las escuelas y las universidades públicas se han digitalizado mucho más rápido que en Francia, donde los maestros, por ejemplo, se quejan regularmente del software obsoleto. Este nuevo accidente cerebrovascular no es trivial: seduce una generación conectada, lo que duda menos para dar el paso de la competencia cuando ve servicios públicos modernizados y efectivos.

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El hecho es que la funcionalidad no se ha convertido en un trabajo de pasión. En España, solo el 20 % de los jóvenes que pasan una competencia lo hacen por vocación. Los otros buscan un salario fijo sobre todo, horas estables y seguridad a largo plazo. Y, sin embargo, siete de cada diez españoles cambiarían con gusto sus trabajos en el sector privado por un puesto público.

Francia muestra una pintura mucho más tonta. Las publicaciones, los salarios menos atractivos y la falta de modernización tienen una sensación de degradación. Resultado: dos tercios de los agentes del servicio público dicen que son pesimistas sobre el futuro de su profesión.