En España, miles de toneladas de frutas y hortalizas nunca se cosechan y se pudren en los campos
Si bien España se encuentra entre los países más afectados por el estrés hídrico, parte del agua movilizada para la agricultura termina indirectamente desperdiciada en cultivos abandonados por falta de salidas. Un estudio destaca el alcance de este fenómeno en gran medida subestimado.
España es un país eminentemente árido, por lo que sus condiciones climáticas se caracterizan por una fuerte falta de humedad del suelo. Más precisamente, el 67% del territorio tiene un índice de aridez -la relación entre precipitación y evapotranspiración de las plantas- inferior a 0,65, lo que corresponde a tierras secas o zonas áridas. En este contexto, la demanda de recursos hídricos ha seguido creciendo durante los últimos cincuenta años.
Ésta es la principal causa de la escasez de agua, que está en el origen de muchos conflictos relacionados con el agua, y que sitúa a España entre los países más afectados por el estrés hídrico (puesto 29 sobre 164). Pero esta escasez ya no es natural: se debe a la brecha entre la oferta disponible y la demanda de agua dulce. Están en juego el marco institucional vigente (incluidos los mecanismos de fijación de precios y tarifas de distribución), la infraestructura y el factor humano.
Las numerosas infraestructuras destinadas a captar, almacenar y distribuir agua, así como la modernización de los sistemas de riego, se enmarcan en la lógica según la cual en España no se desperdicia ni una sola gota de agua. La porción de agua que acaba llegando al mar a veces se considera residuo. Durante cada episodio de lluvia intensa, lamentamos no disponer de más embalses para almacenar toda esta agua.

Miles de toneladas de frutas y hortalizas sin salida comercial
Esta imagen del agua preciosa y cuidadosamente guardada contrasta con las increíbles imágenes de campos cubiertos de frutas y verduras pudriéndose al sol. Los bajos precios de venta de los productores, practicados en determinadas épocas del año, hacen que los agricultores no siempre tengan interés en invertir más recursos en la cosecha. Así, cada año, tras los considerables esfuerzos que supone regar, fertilizar y mantener miles de hectáreas de cultivos, determinados productos finales ni siquiera entran en los circuitos comerciales.
Estimamos estos residuos para el periodo 2018-2024, por tipo de cultivo y por comunidad autónoma, a partir de los datos recogidos quincenalmente por el Fondo Español de Garantía Agraria (FEGA) y los coeficientes de uso de agua y emisiones de CO.2.
Durante este periodo se descartaron 483.624 toneladas de excedentes, lo que equivale a una huella hídrica de casi 36 hm3 al año y una huella de carbono de 36.694 toneladas de CO equivalente2 (tCO2-eq) por año. No todos estos residuos se envían directamente al vertedero. Una parte de los alimentos desechados (32,9%) se destina a alimentación animal, otra se entrega a bancos de alimentos (55,4%) y, finalmente, un 11,7% se destruye.
El tomate es el cultivo que genera mayor volumen de residuos, seguido de la naranja y el caqui. En términos de huella hídrica, el cultivo de mayor impacto es la ciruela, con 3.759 mil m³ anuales. Luego vienen los caquis y las naranjas. En cuanto a la huella de carbono anual, vuelve a destacar claramente el tomate, que alcanza las 3.100 toneladas de CO₂ equivalente al año. El melón ocupa el segundo lugar (2.356 toneladas de CO₂ equivalente al año), seguido de la nectarina (2.209 toneladas de CO₂ equivalente al año).
A nivel regional, el mayor volumen de chatarra se registra en la Región de Murcia, con 20,2 kt anuales, para un total de 141,4 kt en el periodo 2018-2024. Le siguen Andalucía (17,9 kt anuales y 125,9 kt acumulados) y la Comunidad Valenciana (16,7 kt anuales y 119,6 kt).
En cuanto a la huella hídrica, el mayor residuo se observa en la Comunidad Valenciana, con 8,78 hm³ al año y una huella hídrica total de 61,5 hm³ en todo el periodo estudiado.
Produzca a escala para reducir costos
Los precios tan bajos explican por qué a veces se abandonan en los campos cultivos perfectamente comestibles. ¿Pero de dónde vienen estos bajos precios? En gran medida la lógica de la eficiencia económica. Para seguir siendo competitivos, los productores buscan reducir sus costos de producción, lo que los empuja a adoptar modelos de producción a gran escala, con importantes consecuencias sociales y ambientales.
El objetivo es producir volúmenes muy grandes para bajar el precio unitario. Para lograr esto, los costos se reducen siempre que sea posible (en particular los costos laborales o eludiendo ciertas obligaciones ambientales) para compensar las inversiones necesarias en tecnologías, infraestructura e insumos agrícolas, que ayudan a aumentar los rendimientos por granja.
Esta dinámica genera una espiral de inversiones, deuda, sobreproducción y caída de precios que termina atrapando a los agricultores en un sistema perverso, donde sólo aquellos con mayor capacidad financiera logran sobrevivir.
El rechazo de cultivos perfectamente comestibles es sólo el síntoma de este modelo agrícola que favorece la concentración de la producción entre un número cada vez menor de actores y genera numerosas externalidades negativas. En última instancia, estos gastos corren a cargo de la sociedad en su conjunto (y no de quienes se benefician de la producción a gran escala), como vemos, por ejemplo, con la necesidad de construir plantas desalinizadoras después de la sobreexplotación de las aguas subterráneas.
La punta del iceberg
Las cifras del Fondo Español de Garantía Agraria (FEGA) corresponden a los volúmenes que pueden beneficiarse de una subvención (hasta el 5% de la cosecha) destinada a compensar estos precios demasiado bajos. Más allá de este umbral, los volúmenes ya no se cuentan, incluso si los abandonos de cosecha pueden continuar.
Una simple comprobación permite medir la magnitud real de los residuos. En marzo de 2024, la prensa informó del abandono de 300.000 toneladas de limones, o el 30% de la cosecha, en la provincia de Alicante. Sin embargo, los datos de FEGA indican que, para todo el año 2024 y para toda la Comunidad Valenciana, sólo se habrían contabilizado como residuos 132 toneladas.

Ante esta laguna, la cantidad de artículos de prensa que informan sobre abandonos y las imágenes de campos donde la fruta se pudre, queda claro que este tipo de residuos no es excepcional. Al contrario, refleja un inmenso despilfarro, difícil de aceptar en un contexto de creciente escasez de agua. Mientras se producía el desperdicio masivo de limones mencionado anteriormente, se puso sobre la mesa la idea de transportar agua en barco hasta Barcelona ante la persistente sequía. La seguridad hídrica del país está en juego. Sin embargo, las reglas del mercado y la “eficiencia” económica constantemente invocada continúan generando un desperdicio considerable de agua.![]()

Este artículo se vuelve a publicar desde The Conversation bajo una licencia Creative Commons. Lea el artículo original.
