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“Joder”, “hostia”, “coño”: ¿Por qué los españoles hablan tan mal?

“” En España basta escuchar en la calle, encender la televisión o incluso escuchar un debate político para hacerse la pregunta: ¿están los íberos fundamentalmente mal equipados?

Primer choque cultural. Al pedir un café, un hablante de francés lo preguntará tímidamente con muchos condicionales y expresiones educadas. A lo que se le responderá o incluso nada, nada. Acostumbrado a los legendarios malos modales de los camareros parisinos, no se ofenderá, pero quizá enarque una ceja cuando le tratemos como a un amigo a la hora de pagar la cuenta. Mientras que para alguien de Ecuador o Venezuela acostumbrado al formal “a la orden” y al uso de “usted”, esta familiaridad puede resultar desconcertante.

En España el imperativo no se ve como una agresión, sino como una economía de palabras. Mandatos breves y sin adornos, que para un oído no acostumbrado pueden parecer contundentes e incluso rayar en lo autoritario.

Segundo detalle lingüístico sorprendente (y no menos importante): la escatología es omnipresente. No nos conformamos con un Defecamos sobre tu madre, su leche, tus muertos, Dios… Aunque «literalmente se vuelve. Para los extranjeros acostumbrados a un registro más sostenido (no es difícil, lo reconozco), esta diarrea verbal, tan gráfica como violenta, propicia la visualización de escenas extremadamente inquietantes».

Durante la primera fase de mi aclimatación cultural, fui testigo varias veces sin darme cuenta de las erupciones verbales de mi dueño y vecino de abajo, un gigante andaluz de dimensiones y brío rabelaisianos, cuyos ataques telefónicos alimentaban pesadillas dignas de… Porque, de Barcelona a Madrid, pasando por Cádiz -llamamos cariñosamente a nuestros amigos la palabra que designa sus órganos sexuales (chocho para las niñas y picha o pisha, con acento andaluz para los niños), la mala palabra manda.

Imperativo y escatología

Los lingüistas lo tienen claro: no se trata de una especificidad idiomática, ya que este síndrome de Tourette generalizado no se observa en el resto del mundo hispanohablante. En Colombia, México o Perú los insultos existen, por supuesto (hijueputa, malparido, güevón, literalmente hijo de puta, bastardo y retrasado), pero quedan circunscritos a círculos cercanos. En la televisión o en los discursos políticos preferimos los eufemismos y, a veces, incluso una cierta solemnidad. Mientras que en los espacios públicos se requiere “tú” y cortesía.

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explica Susana Guerrero, profesora de idiomas de la Universidad de Málaga. Añade que, en este movimiento igualitario, las mujeres han adoptado a su vez el uso de malas palabras, hasta entonces muy reservadas al ámbito masculino.

La grosería al servicio del odio

Si las malas palabras tienen una función catártica: permitir la liberación de sentimientos reprimidos, enfatizar una declaración o incluso liberarse semánticamente de la opresión dictatorial, su democratización también puede plantear interrogantes. Porque en lugar de ser una forma de expresión entre otras, parece haberse convertido en la única. Que los líderes políticos utilicen malas palabras para atraer la atención y mostrar una falsa proximidad es problemático, porque casi cuarenta años después del fin del régimen de Franco, este descuido lingüístico se ha convertido en algo común en la esfera política.

«», «», «», «» los líderes del PP (derecha conservadora) y Vox (extrema derecha) van cada vez más lejos en sus insultos contra el presidente del Gobierno socialista, Pedro Sánchez. Estos ataques no se limitan a declaraciones puntuales, sino que son verdaderos trucos para la oposición. Durante una reunión del 1 de mayo de 2025, el líder de Vox, Santiago Abascal, llamó al presidente “” y “,” animando al público a insultarlo más.

El ministro Félix Bolaños respondió entonces que ese tipo de expresiones y denunció a Vox. Sin embargo, la escena demostró lo difícil que es calmar el tono una vez fijado. Estos episodios transforman la política en un circo de odio y erosionan la convivencia democrática. Es una estrategia calculada, no simples desviaciones, que también se refleja a nivel internacional.

Ríete de todo pero no de todos.

Por tanto, el problema no es tanto el insulto sino su contexto. En España, la mala palabra puede ser un signo de proximidad, de puntuación o un simple reflejo lingüístico. En un bar o entre amigos no tiene la misma carga ni resonancia que en el ámbito político.

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Sin embargo, es precisamente esta frontera la que la extrema derecha está desdibujando deliberadamente. Al importar al debate público un registro hasta ahora limitado a lo íntimo o al chiste, transforma la vulgaridad en estrategia y la agresividad en postura. Pero cuando este registro sale del mostrador hacia la galería, deja de ser trivial.

La cuestión principal, por tanto, no es suavizar la lengua y borrar la crudeza tan propia del castellano sino saber qué nivel de lengua podemos permitirnos y en qué circunstancias. Como suele ocurrir, la clave no está en el absoluto decoro ni en el desahogo permanente, sino en el dominio de los registros. Así que vivan los insultos coloridos, los juegos de palabras coloridos y las réplicas cáusticas, pero sólo cuando sabes a quién te diriges.