Quince años después de los Indignés, la huella duradera de una protesta histórica
Han pasado 15 años desde que miles de ciudadanos ocuparon calles y plazas en una movilización sin precedentes en la historia de España.
El movimiento 15-M, también conocido como movimiento de indignados, no fue la primera vez que un sector de la sociedad salió masivamente a la calle para hacer escuchar sus preocupaciones y demandas ante las autoridades. Su carácter innovador radicó más bien en que algunos de sus participantes permanecieron instalados en campamentos en lugares simbólicos del paisaje urbano, con la Puerta del Sol de Madrid como icono más reconocible.
La mayoría de las movilizaciones sociales encuentran su explicación en la dinámica nacional: por ejemplo, la exigencia de aprobación (o rechazo) de una ley, o la necesidad de poner fin a la corrupción. Otros, en cambio, se producen simultáneamente y por motivos similares en distintos países; son parte del mismo ciclo global de protesta. El movimiento de indignación se explica por la combinación de estas dos lógicas.
El domingo 15 de mayo de 2011 se produjeron más de medio centenar de manifestaciones en toda España en torno a un mismo lema, resumido en el lema “¡Una democracia real ya!”. », una crítica apenas velada al esclerótico bipartidismo entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP).
Una semana después se celebrarían elecciones municipales en todo el país y regionales en trece comunidades autónomas, un momento en el que, por definición, las élites políticas son más receptivas al diálogo con los ciudadanos. Por encima del clima político nacional también se cernía un contexto internacional que no puede ignorarse a la hora de entender el 15-M. El movimiento representó la traducción al español de un malestar global que también se expresó, con particularidades propias, en Grecia (en la plaza Syntagma de Atenas) y en Estados Unidos (en el parque Zuccotti, en Nueva York).
Estos tres movimientos de protesta compartieron una crítica del funcionamiento de las democracias liberales tal como existen en la realidad, en particular la desconexión entre los ciudadanos y las élites político-económicas. En este contexto, consignas como “no nos representan”, “le dicen democracia pero no lo es” o incluso “somos el 99%” cobran todo su significado. También denunciaron el sometimiento de la política a los mercados.
Grecia y España en primera línea
Todo en un contexto de grave crisis económica, tras la Gran Recesión de 2008 y sus consecuencias posteriores en forma de “austeridad” y recortes sociales, que golpearon especialmente a los países del sur de Europa más afectados por la crisis, en particular Grecia y España.
Las personas que participaron en las protestas y campamentos formaron un colectivo socialmente heterogéneo e ideológicamente diverso. Sobre todo, encontramos allí -como en otros movimientos sociales como el ambientalismo o el feminismo- a una juventud reducida a la condición de precariado que, a pesar de un alto nivel de formación, estaba condenada a sobrevivir al margen del mercado laboral, sin perspectivas reales de futuro en su propio país. Junto a ellos estaban muchos de sus padres, que veían que los esfuerzos educativos de sus hijos no se traducían en mejores perspectivas de vida.
La esperanza de los participantes, que pensaban que la ocupación del espacio público sería suficiente para provocar un cambio de rumbo político, chocó rápidamente con la realidad. Si juzgamos el movimiento en función de sus objetivos declarados -que son bastante vagos- como una democracia más auténtica, el fin de la precariedad profesional y existencial o la lucha contra la corrupción, la movilización no ha logrado sus objetivos.

El movimiento nunca tuvo la intención de perdurar en el tiempo. Con el reflujo de la protesta, sus energías se dirigieron hacia otras vías, ejerciendo no obstante un notable impacto en la evolución de la política española en los años siguientes.
El 15-M permitió la entrada en política de sectores hasta entonces despolitizados y sirvió de caldo de cultivo del que nacieron diversos colectivos temáticos con reivindicaciones sectoriales, como las “mareas” blanca y verde, movilizadas respectivamente contra los recortes presupuestarios y la degradación de los servicios públicos de salud y educación.
Así nació Podemos
Pero, sobre todo, el movimiento indignado preparó el terreno para la creación, en 2014, del partido político Podemos. Sus primeros dirigentes provinieron de las filas del 15-M y trasladaron su espíritu y sus reivindicaciones al terreno institucional, primero en los parlamentos y luego, con el tiempo, al Gobierno español como socio minoritario de coalición con el PSOE.

Las nuevas tecnologías de la comunicación y las redes sociales han transformado el repertorio de acción de los movimientos sociales. El ciberactivismo y las peticiones en línea se han sumado a las formas tradicionales de protesta basadas en la ocupación de las calles, sin quitarles su papel central.
En España –a excepción del País Vasco y Cataluña, cuyos datos no registra el Ministerio del Interior– el número de manifestaciones durante la última década, excluyendo los años de la pandemia, se ha mantenido estable en torno a las 30.000 al año. En las democracias liberales, reunirse físicamente en la calle con otras personas de ideas afines, sentir un sentido de comunidad y participar en una causa común no parece estar desapareciendo en el corto plazo.
