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Un año después del apagón: ¿quiénes son los culpables?

El 28 de abril de 2025, un histórico apagón sumió a España en la oscuridad durante varias horas. Un año después, aunque el sistema eléctrico ha sido reforzado y mejor monitoreado, las causas exactas siguen siendo inciertas y no se ha identificado claramente a ningún responsable.

Este 28 de abril de 2026 se cumple el primer aniversario de uno de los fallos eléctricos más graves jamás registrados en Europa Occidental. En tan solo unos minutos, un colapso en cascada de la red dejó a más de 50 millones de personas sin electricidad en la Península Ibérica. Semáforos apagados, metros inmovilizados, ascensores bloqueados, negocios paralizados y comunicaciones interrumpidas son recordatorios de la total dependencia de las sociedades modernas de un suministro de energía estable.

A pesar de doce meses de investigaciones, informes técnicos y comisiones parlamentarias, el escenario preciso de la ruptura sigue fragmentado. Los expertos coinciden en la complejidad del fenómeno, pero aún difieren sobre su desencadenante inicial y sobre el reparto de responsabilidad de los diferentes actores del sistema energético.

Un fracaso sin un punto de ruptura identificado

Los análisis convergen hacia un origen multifactorial, sin una causa única identificable. El Ministerio español de Transición Ecológica se apresuró a citar una serie de incidentes técnicos: episodios de sobretensión, variaciones rápidas de frecuencia e inestabilidades locales que provocaron desconexiones automáticas de varias centrales eléctricas. Este fenómeno en cascada habría desequilibrado progresivamente toda la red ibérica interconectada.

El informe de Entso-E, la organización europea que coordina a los gestores de redes eléctricas, publicado casi un año después, refuerza esta lectura al describir un acontecimiento excepcional, calificado como la “electricidad cero” más importante de las últimas dos décadas en Europa. Los expertos destacan en particular la creciente dificultad para mantener la estabilidad de una red cada vez más dependiente de las energías renovables, cuya producción variable requiere ajustes permanentes. Las oscilaciones detectadas ese día, combinadas con mecanismos de protección demasiado sensibles, habrían acelerado la desconexión de la cadena de las unidades de producción.

Una investigación sin conclusión definitiva

Más allá de los aspectos técnicos, la cuestión de las responsabilidades sigue sin resolverse. Ninguno de los informes oficiales, ni los de las autoridades españolas, ni los de las europeas, ni el de la CNMC (el regulador español de la competencia y de los mercados energéticos), ha permitido identificar a un solo responsable. Estos últimos incluso reconocieron que los instrumentos de supervisión y los mecanismos reguladores existentes podrían, en teoría, haber evitado el colapso del sistema, sin concluir por ello que se trataba de una culpa directa.

En este contexto, los procedimientos administrativos abiertos contra los principales actores del sector eléctrico adquieren una dimensión particular. Se han iniciado medio centenar de expedientes dirigidos tanto al gestor de la red, Red Eléctrica de España (REE), como a varios grandes grupos energéticos europeos. Pero estas investigaciones siguen siendo preliminares y prometen ser largas y sacar conclusiones en sólo varios años.

En el plano político, las comisiones de investigación han puesto de relieve las divisiones y nos han permitido avanzar hacia una explicación común. En el Senado, la mayoría apuntó a fallas de supervisión y mala anticipación de los riesgos, mientras otros actores institucionales defendieron la complejidad técnica de un evento sin precedentes. El resultado es un paisaje fragmentado donde cada institución posee parte de la narrativa, sin una visión de conjunto consolidada.

Una red modernizada pero más costosa de estabilizar

Desde el apagón, los operadores del sistema eléctrico han cambiado profundamente sus prácticas. La red funciona ahora en “modo reforzado”, con un mayor seguimiento de los flujos, una capacidad de respuesta más rápida a los desequilibrios y un uso más sistemático de las capacidades de reserva. Esta estrategia ha mejorado la resiliencia general del sistema, pero también ha transformado su estructura económica.

La integración masiva de las energías renovables, aunque esencial para la transición energética, introduce una variabilidad significativa en la producción. Para compensar estas fluctuaciones, los administradores de redes deben movilizar plantas de energía más controlables, particularmente de gas natural, para garantizar un equilibrio instantáneo entre la oferta y la demanda. Este mecanismo provocó un notable aumento del coste de los servicios de equilibrio, repercutido parcialmente en los consumidores.

Al mismo tiempo, los expertos insisten en un punto central: a pesar de las mejoras técnicas, el riesgo cero no existe. Los sistemas eléctricos modernos, más interconectados y más complejos, también son más susceptibles a fallos en cadena. El episodio de 2025 sirvió como señal de alerta, pero no eliminó todas las áreas de incertidumbre. Un año después, la red es más fuerte, pero sigue siendo difícil comprender completamente su fracaso.