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¿Por qué hay tantos desastres en España ahora?

En España, accidentes de trenes, inundaciones, cortes de energía e incendios marcan brutalmente las noticias recientes. Surge una pregunta: ¿qué está pasando actualmente en el país? Elementos de respuesta.

Ya no se trata de una simple sucesión de accidentes. España atraviesa una acumulación de crisis que pone de relieve fragilidades estructurales antiguas y contemporáneas. Las inundaciones de 2024, el apagón eléctrico de 2025, los incendios del verano pasado y los accidentes de trenes de enero de 2026 no son casualidad. Reflejan un país donde el clima está cambiando más rápido que la infraestructura, donde las opciones técnicas heredadas del pasado requieren inversiones que son difíciles de priorizar y donde los recursos humanos y materiales luchan por mantenerse al día frente a riesgos crecientes.

Ferrocarriles: un patrimonio histórico poco adaptado a los retos actuales

La red ferroviaria española es rica en historia, pero está marcada por viejas decisiones técnicas e inversiones desiguales. La primera línea, que une Barcelona con Mataró, data de 1848. La construcción de una red verdaderamente moderna no se inició hasta finales del siglo XIX, con el apoyo de capital extranjero.

Durante mucho tiempo, España padeció una red menos densa y menos integrada que la de sus vecinos, consecuencia de una elección política tomada bajo el régimen de Franco. El ancho de vía específico estaba destinado a evitar una invasión ferroviaria militar. En el siglo XX, la prioridad otorgada al transporte por carretera acentuó este retraso estructural, cuyos efectos aún hoy se dejan sentir en la baja resiliencia de la red.

Aunque las líneas de alta velocidad se han beneficiado de inversiones masivas desde la década de 1990, las líneas convencionales y su infraestructura (túneles, puentes, terraplenes) siguen modernizándose de manera desigual. Durante las inundaciones de 2024, los equipos de Adif tuvieron que intervenir decenas de kilómetros de vías, poniendo de manifiesto la persistente vulnerabilidad de determinados tramos a fenómenos extremos.

Entre el domingo y el martes pasados, dos accidentes de trenes mortales conmocionaron profundamente al país. El 18 de enero, cerca de Adamuz, en Andalucía, un descarrilamiento seguido de una colisión frontal dejó 42 muertos y 292 heridos en un tramo de vía debilitado por deslizamientos de tierra. Dos días después, el 20 de enero, descarriló un tren de cercanías entre Gelida y Sant Sadurní d’Anoia, al sur de Barcelona. El derrumbe de un muro de contención en las vías provocó la muerte del conductor y dejó 37 heridos. Estas sucesivas tragedias demuestran que algunas líneas, ya sean de alta velocidad o locales, ya no resisten condiciones difíciles, transformando los incidentes técnicos en desastres humanos.

Infraestructura hidráulica envejecida: represas bajo presión

Las presas y embalses siguen siendo un pilar de la gestión del agua en España, tanto para prevenir inundaciones como para almacenar agua en épocas de sequía. La presa de Forata, construida en 1969 sobre el río Magro, en el interior de Valencia, es un ejemplo de ello. Durante la tormenta de octubre de 2024, retuvo cerca de 30 hectómetros cúbicos de agua, limitando parcialmente los daños de un episodio meteorológico excepcionalmente violento, que provocó cientos de muertes.

Pero la limitada capacidad del embalse, inadecuado para este tipo de fenómenos, puso de manifiesto las deficiencias de estas infraestructuras ante el cambio climático. Más del 75% de las presas españolas no contaban con planes de emergencia actualizados, y el control de los equipos a menudo estaba obsoleto. Un programa de modernización lanzado en 2025 puso de relieve años de mantenimiento insuficiente, debilitando incluso las estructuras esenciales.

Un sistema eléctrico debilitado por causas estructurales

La red eléctrica española también muestra signos de debilidad. El gran apagón nacional de abril de 2025, al igual que el reciente aumento de los apagones locales, es un ejemplo de ello. Diseñado para una producción centralizada y picos de consumo predecibles, el sistema ahora lucha por absorber la combinación de olas de calor extremas, una alta demanda vinculada al aire acondicionado y una integración aún imperfecta de las energías renovables.

En muchas regiones, las líneas de distribución siguen siendo viejas, mal enterradas y mal protegidas contra incendios, fuertes vientos o calor extremo. A esto se suma una interconexión limitada con el resto de Europa, lo que reduce la capacidad de importar electricidad en momentos de tensión. Sin una inversión suficiente en almacenamiento, modernización de las subestaciones eléctricas y mantenimiento de la red, estos desequilibrios corren el riesgo de repetirse, especialmente en los próximos veranos.

Climas extremos, riesgos amplificados: una España sobrecalentada

España se encuentra entre los países europeos más expuestos al cambio climático. Las olas de calor, las sequías prolongadas, las lluvias torrenciales y los incendios están aumentando en intensidad y frecuencia. Según la OCDE, la duración media del verano ha aumentado unas cinco semanas desde la década de 1980, lo que aumenta la vulnerabilidad del país a los incendios forestales y la escasez de agua. En los últimos años, miles de hectáreas de bosque se han convertido en humo, amenazando directamente zonas habitadas.

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Incluso los sistemas más fuertes acaban cediendo cuando los medios ya no dan abasto. En España, los servicios de protección civil y respuesta a emergencias funcionan desde hace años con graves limitaciones presupuestarias, según cifras del Ministerio del Interior, mientras los riesgos naturales y técnicos aumentan. El personal dedicado a la prevención de incendios, la gestión de presas y el mantenimiento de infraestructuras se considera periódicamente insuficiente.

Cada verano, miles de bomberos, agentes locales y unidades militares deben movilizarse simultáneamente en varios frentes, especialmente durante los grandes incendios forestales, superando en ocasiones las capacidades de respuesta locales. La cuestión ya no es si se producirá una nueva tragedia, sino si España será capaz de responder a ella de otra manera que no sea mediante la improvisación.

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