“En España el feminismo no es sólo una lucha, sino una cultura social cotidiana”
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En este Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, Equinox ofrece una plataforma gratuita a Marion Escot, francesa en Barcelona y fundadora de Punchlinettes que apoya a personas y profesionales en la deconstrucción de los estereotipos de género.
Cuando dejé Francia para instalarme en Barcelona hace tres años, pensé que conocía bastante íntimamente las cuestiones de igualdad de género. Durante seis años, con PunchlinettesCreo contenido educativo para deconstruir el sexismo ordinario y sus clichés, educo sobre el consentimiento, hablo sobre la vida emocional y sexual sin tabúes. El compromiso feminista es parte de mi columna vertebral. Sin embargo, vivir en España ha cambiado por completo mi forma de ver el feminismo, no como una lucha permanente contra la resistencia, sino como una cultura social difusa, palpable, integrada en los gestos más… comunes.
Aquí, la lucha por la igualdad no es sólo una gran ley, un eslogan o una aparente revolución. Aquí parece ser parte del aire que respiramos. En las calles de Barcelona ver a las parejas homosexuales como padres no llama la atención, una mujer que amamanta no tiene que disculparse ni hacerse a un lado, los niños visten lo que quieren, juegan con lo que quieren y la educación parece menos devastada por las expectativas de género. En la vida cotidiana existe una forma de gentileza social que rara vez he sentido en Francia. No porque no existan estereotipos (aún nos proponemos perforar las orejas a las niñas desde la maternidad) sino porque las instituciones, los espacios públicos y parte de la cultura común han optado por avanzar en la dirección de la inclusión, y no del control.
Esta impresión de inclusión se encuentra en la propia organización de las ciudades. En Barcelona, un centro comercial como Diagonal Mar ofrece una guardería gratuita para que los padres puedan hacer sus compras. Los espacios para la lactancia materna están en todas partes. Los bares suelen estar diseñados con un parque infantil justo enfrente. No hay nada extraordinario en esto: es simplemente pensamiento. Visto el futuro. Tomado en cuenta. Y es precisamente este tipo de detalle el que, en conjunto, crea una sociedad en la que las mujeres, los padres y los niños son verdaderamente considerados ciudadanos plenos, no como una limitación logística.
A esto se suma el marco legal. La ley española conocida como “Solo sí es sí” de 2022, que redefine el consentimiento sexual, convirtió en ley una idea simple: sólo un sí claro es consentimiento. Esta ley ciertamente ha suscitado críticas, en particular reducciones de las penas debido a un vacío legal inicial, pero marca una ruptura cultural importante, ya que la responsabilidad de probar el consentimiento ya no pesa sobre la víctima. El símbolo es inmenso y fueron necesarios tres años para que cruzara la frontera y llegara a Francia.
España no sólo legisla. Cuenta, mide, documenta la violencia de género. Las cifras se hacen públicas cada año. Las campañas de prevención están omnipresentes: en el metro, los carteles recuerdan las normas contra el manspreading, en las bibliotecas, los libros sobre la diversidad familiar conviven con los sobre feminismo, en las playas o en las fiestas de barrio como en Gracia, los carteles y el “punt lila” permiten denunciar en tiempo real ataques machistas o LGBTQIA-fóbicos. Los centros cívicos organizan talleres gratuitos sobre cómo compartir las tareas domésticas o sobre el impacto de la pornografía en la sexualidad de los adolescentes. Todo esto no lo soluciona todo. Pero todo esto funciona. Y esto conforma un paisaje donde la prevención, la educación y la palabra son visibles.
En Cataluña, incluso se ha integrado en las políticas públicas el acceso a la protección periódica, ofreciendo protección reutilizable a cada persona que menstrúa, distribuida a través de los servicios de salud Meva Salut. Una vez más, esto no es una revolución en sí misma, pero es un gesto político claro y concreto, que afirma que los cuerpos de las mujeres no son un costo personal que soportar sino una realidad social que debemos apoyar.
En materia de justicia, España muestra algunos signos de eficacia en el tratamiento judicial de la violencia de género. En 2024, el 11% de las denuncias terminaron en condena. Un contraste bastante llamativo con Francia, donde sólo el 0,6% de las denuncias acaban en sanción. Estas cifras muestran que la lucha contra la violencia de género no depende sólo de las leyes, sino también de la forma en que las denuncias se toman en cuenta, se monitorean y se traducen en sanciones efectivas.
Sin embargo, España no es un modelo ideal. Las cifras de violencia siguen siendo muy altas, los ataques machistas siguen existiendo y la resistencia patriarcal obviamente no desaparece por arte de magia. Ciertas regiones o ciertos debates siguen profundamente polarizados. No se trata de enfrentar a un buen país con uno rezagado. La realidad es, por supuesto, siempre más compleja.
Pero vivir aquí me ha enseñado que lo que cambia una sociedad no son sólo grandes gestos o grandes leyes, sino la coherencia entre las instituciones, la cultura, el espacio público y la educación. Francia tiene puntos fuertes (su movimiento feminista histórico, sus asociaciones, su creatividad activista), pero a veces carece de coherencia. España muestra lo que puede llegar a ser un país cuando opta por integrar la igualdad como marco y no como demanda.
En este Día Contra la Violencia hacia las Mujeres, creo que tenemos mucho que ganar mirando más allá de nuestras fronteras, aprendiendo de lo que funciona en otros lugares, sin culpas ni comparaciones estériles. España no es perfecta. Pero ofrece un modelo social que, aunque no es idénticamente duplicable, puede inspirar. Y ya es un comienzo para hacerlo mejor.
